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Pensamientos para una época en transición. Claudio Martínez Möckel
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Un trabajador de ferrocarril de 65 años, que entró en coma tras un accidente durante la era comunista en Polonia, ha recuperado la conciencia 19 años después, según los medios locales. Así, Jan Grzebski, a quien los doctores pronosticaron entonces sólo dos o tres años de vida, se ha despertado en un país democrático. Al despertar, Grzebski descubrió que tiene 11 nietos, fruto de los matrimonios de sus cuatro hijos, y que la Polonia que él recordaba había cambiado casi por completo.
"Cuando caí en coma sólo había té y vinagre en las tiendas, la carne era racionada y por todas partes había largas filas para obtener combustible", dijo Grzebski al describir sus memorias del sistema económico comunista. "Ahora veo a las personas en la calle con teléfonos móviles y hay tanta mercancía en las tiendas que me marea", agregó.
Grzebski ha indicado que recuerda vagamente las reuniones familiares a las que se le llevaba mientras estaba en coma, así como los intentos de su esposa e hijos de comunicarse con él.
Este hombre responsabiliza a su abnegada esposa Gertruda de su 'resurrección'. "Fue Gertruda quien me salvó", dijo Grzebski, en silla de ruedas, al canal de noticias TVN24. Y es que durante los últimos 19 años, según ha comentado el doctor Boguslaw Poniatowski, ella se ocupó de cambiarle de posición cada hora para evitar los daños que supone el roce continuo del cuerpo con la cama.
[Esta noticia se publicó,entre otros, en el diario El Mundo -cuyo enlace ofrezco aquí- y en toda la prensa nacional, servida por la agencia Reuters, en junio de 2007: creo que sobran los comentarios. Salvo, quizás, una cosa: compárese el comportamiento del padre de Eluana con la de la señora Gertruda Grzebski.
[Vía: Al Margen de los días]
Rusia es una enorme estepa con once zonas horarias. Lo normal sería que un país de ese tamaño, fuera ingobernable. Pero, paradojas del destino, Rusia es una la nación de la tierra que ha sufrido algunos de los regímenes dictatoriales más perversos. Lo contó como nadie Solzhenitsin, en su novela Gulag, que es un acrónimo de “Dirección General de los Campos”. No se le pueden poner puertas al campo, como dice el refrán. Pero hay una excepción: Rusia. Allí se le pusieron puertas de alambrada al campo, al mundo, al pensamiento. En ese infierno, existían no obstante, dos tipos de personas. En un grupo, las que se dejaban seducir por el sistema, que les prometía ascender a las cimas de la vida (por ejemplo ser responsable del baño o de las raciones de pan), a cambio de ser informantes. Al otro lado se encontraban los hombres que no renunciaban a su dignidad, como cuando aquel preso le responde a un oficial: “el hombre al que ustedes han quitado todo, ya no está supeditado a ustedes, ya vuelve a ser libre”.
En 1961, con la apertura de Nikita Jrushchov, se recibió en la redacción de la revista literaria Novi Mir el manuscrito de Un día en la vida de Iván Denísovich, que describe un día en la vida de un preso del Gulag soviético, donde las estufas eran adoradas como dioses del fuego, el sueño nocturno era una especie de desmayo y la ropa se enterraba bajo tierra y nieve, para evitar los piojos. El director, A. Tvardovsky, se lo llevó a casa un viernes por la noche, para leerlo con tranquilidad. Empezó a verlo en la cama. Cuando se dio cuenta de su importancia, se levantó, se vistió y se fue a su despacho. Luego explicó que aquella obra no podía leerse en batín: "hubiera sido un insulto al autor".
Solzhenitsin se convirtió de inmediato en una figura literaria colosal. El régimen no pudo soportar, e intentó asesinarlo en 1971. En 1973 se publica la monumental Gulag en París. En 1974, es expulsado de la Unión Soviética. En 1994 regresa a Rusia, pero como él dice, los jóvenes ya no leen sus libros, tan cargados de sufrimiento y de páginas. Requiere demasiada responsabilidad. En su obra completa de 30 tomos, el autor mezcla personas, causas, conflictos, confusión, las esperanzas y desilusiones de los seres humanos. Es el lector el que tiene que pensar a fondo sobre todo ello, para comprender porqué un gran pueblo descendió al infierno de esa manera. Sozlhenitsin, es uno de los grandes.
Mas información:
-Excelente recopilación en Aceprensa aquí
-Excelente artículo en Scriptor aquí
-Orras referencias: Compostela
-Sobre el Gulag, una excelente web (inglés)
-Todo lo que quiera ver sobre Solzhenitsin en Technorati Tags
[Diario Informacion, 7/8/2008]
Etiquetas: Columnas, Literatura, Muerte

No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
del intorelable universo.
Borraré las pirámides, las medallas
los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.
Jorge Luis Borges, El suicida
El suicida en el fondo es (descontando las patologías verdaderamente graves), un ególatra, que no puede tolerar que el mundo le sobreviva. Quiere que el mundo sea sólo suyo. Detesta que haya pluralidad, que el mundo sea de todos, y que ese "todos" le haga percibir el límite de su propio individualismo. En el fondo el capitalismo es muchas veces suicida porque es estúpido: las hormigas que acumulan y acumulan riquezas de forma enfermiza, creyendo que su grandeza económica puede sobrevivirles. De ahí esa seriedad estirada, de ese odio al humor, a la sonrisa irónica, de esa fijeza por lograr el objetivo absoluto de la superriqueza, como si al lograr ese objetivo llegaran a manipular la eternidad.
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Es normal. Todavía no hemos vivido lo suficiente como ellas. Cuando somos jóvenes, los vivos son la norma, y los muertos la excepción. Llega un momento en que se llega a un “equilibrio”, que al final se rompe: el mar de nuestra vida se llena de barcos hundidos, de “nuestros muertos”, los coetáneos, esos que formaban parte de nosotros. Esos, los íntimos, siguen vivos dentro de nosotros. Su presencia emerge una y otra vez con la viveza siempre sentida del desgarrón, de la ausencia (ver Julian Marías, Mapa del Mundo Personal). Su ausencia nunca es tal. Siguen presentes, aunque vivamos muchos años y tengamos la percepción de que somos unos supervivientes solitarios en un mundo extraño. La supervivencia de entre tantos que han muerto, nos da la sensación de vivir en un mundo ajeno que superamos hace ya mucho tiempo, porque vivimos cada vez más sumergidos en las profundidades de nuestro pasado, viviendo y recordando sin parar la presencia ausente de aquellos que se fueron y que nunca nos dejaron, aquellos que nos reclaman y nos sacan del presente para llevarnos a sus deliciosas estancias.
Todos percibimos que las cosas son y serán así. Las abuelas seguirán llevando flores, se sentarán frente al muro de los nichos, porque perciben que esos cuerpos que veneran, están a medio camino entre las tumbas y sus recuerdos, y las flores son el puente que le da vida a su memoria real, en el mundo presente de las cosas y los hechos. Otros, seguirán yendo a los bares abiertos para cerrar las heridas y aplacar el dolor de los recuerdos con ginebra. A ellos, a tantos, les hacen falta, quizá, unas abuelas cargadas de flores, alguien que les diga, que no se puede vivir sólo con cinco sentidos, que la muerte es un eslabón perdido de la cadena de la vida, que se carga de sentido a este lado del nicho con un puñado de flores y una vida buena.
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Me he quedado de piedra cuando he leído la siguiente noticia: EEl 80% del gasto farmacéutico se dedica a los ancianos.
Los gastos sanitarios, son los que se llevan la parte del león del gasto presupuestario de las Autonomías, de los Estados en todo Occidente. En Cataluña y Valencia, el gasto sanitario se come prácticamente el 50% del presupuesto, si tenemos en cuenta que muchas partidas "sociales" son en realidad partidas que podrían estar perfectamente en Sanidad ( por ejemplo "Bienestar Social", "Dependencia", etc).
Tras la mirada tragicómica y penosa de manipulaciones como la de Amenábar , en Mar Adentro, se esconde el problema de la pa$$ta. Cuando cumplas 80 años, chico, vete a paseo que nos estorbas. Que estúpidos somos en occidente, que no aprendemos de los que más saben, los abuelos (ver artículo mío, que hice tras una entrevista impresionante a Isabel, una abuela encantadora, de 94 años)
Todo esto está muy bien, pero, no hay que olvidar el mercadeo político que se está haciendo del asunto:
El Ministro Bernat Soria está calentando motores para las Elecciones de Marzo de 2008. Tanto el PSOE como el PP, saben que para que el PSOE gane por la mínima, es necesario que la juventud no se quede en casa, que la abstención sea menor del 38 % (ver artículo ). Para ello,hay que "calentar el ambiente": Ley de Memoria Histórica, ataques a la Monarquía, Eutanasia, Educación para la Ciudadanía... Eso, siempre que el Banco Europeo no le pegue un estirón a los tipos de interés, y el mercado inmobiliario español, responsable de toda la década de crecimiento en España, haga crack de golpe. Pero, creo que ZP, ese tren no le pillará en Marzo, sino después. Es decir, no le pillará a él, nos pillará a todos a partir del último trimestre de 2008, donde llegará la "Gran Catarsis" económica: toda la porquería incubada en las cloacas de los círculos de la estructura Estado-Mercado-Medios, saldrá a flote. Nos lo vamos a pasar bien, si nos pilla el Tsunami económico y nos muerde la cuenta corriente....
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Su cine metafísico es un rollazo para muchos, aunque lo hayan elevado a los altares de la fama artística. Eso de plantearse a fondo y con obsesión quienes somos, que actitud tomar ante la muerte, es una lata, un oficio de legionarios, poetas, místicos, toreros y demás novios de la muerte, que se tienen que enfrentar a ella y aprender a poner buena cara en el trance. Bergman era amable y divertido en sus entrevistas, pero sus películas son duras, obsesivamente pesimistas. Le gusta plantearse los temas ante los que hipócritamente siempre apartamos el rostro: la duda de quienes somos realmente, la enfermedad y el dolor que termina siempre en la muerte, el egoísmo y la falta de comunicación entre los seres humanos, que no logran nunca salir de sus contradicciones. Su obsesión por los espacios cerrados, que se contraponen a los espacios exteriores desolados y solitarios, son un símbolo del alma humana encerrada en el yo de una conciencia insondable y solitaria.
La razón y el intelecto, existen para Bergman, pero son superados por las pulsiones pasionales y contradictorias de la conciencia. Esas contradicciones son exploradas una y otra vez de forma implacable. El yo personal de los protagonistas, muestra a veces ciertos momentos de felicidad, rodeado por un mundo ordenado y tranquilo: casas bien amuebladas, horarios establecidos, status social seguro. Pero la razón ordenadora, no es más que la una sirvienta del yo, un yo que busca despiadadamente satisfacer su felicidad, resolver su identidad, evitar su muerte. Los demás, los otros, existen, pero sólo en la medida en que cumplen la tarea de espectadores del fracaso interior del protagonista. Los que son felices, lo son en la medida en que muestran una tarea social fundamental: sin perdedores no hay ganadores. Pero esos ganadores, lo son por poco tiempo. Tanta angustia, tanto monólogo, no sé, le dejan a uno pensativo. Fue un hombre sin duda valiente, que nos muestra su interior en sus películas, pero dudo mucho que fuera feliz.
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Cuanto mayor es la esperanza de vida en nuestras sociedades abiertas y libres, mas se esconde a los muertos. En las sociedades subdesarrolladas, ocurre como en nuestro país hace no muchos años: los muertos estaban expuestos dentro de los ataúdes en sus casas y se sacaba una mesita de faldones negros a la puerta, donde firmaban los conocidos del muerto. Ahora, se les congela en el tanatorio y se les expone detrás de un cristal, que muchas veces está cubierto con una cortina. Por la noche, se les baja a la cámara. Ya nadie vela a los muertos. A lo más se preocupan porque no contaminen demasiado. Existe una tal Fundación Tierra que ha lanzado la idea de Eco-Funerales para disminuir el impacto ambiental de los muertos. No es broma.
Pero no todos los muertos son iguales. Hay algunos cuyos rostros tienen la belleza de lo acabado. La vida ha abandonado esos ojos, esos labios, esa frente. Pero la vida que ha huido ha dejado la marca del destino cumplido. Creyentes y no creyentes, todos quieren acabar con su tarea de manera digna, no dejar a medias su vida, sembrar en la dirección del viento para que el fruto sea recogido por la generación siguiente. Por eso, se puede intuir en algunos rostros la serenidad, la belleza. La encina, conserva más un rayo de sol que todo un mes de primavera, y el rostro de esos muertos serenos, acabados y cumplidos, encierran todas las etapas e incógnitas pendientes por recorrer por nuestra condición humana, desvelando un poco más el sentido de nuestras vidas.
Esos rostros serenos y calmados de nuestros muertos, son el resultado esculpido de la suma de momentos únicos, que han pasado para siempre, que se han ido acumulado y fijado como erupciones de lava incandescente, con su carga de sufrimientos y alegrías, errores y aciertos. Esos hombres y mujeres acabados, cuando presienten el fin, lo esperan serenos, y entregan el testigo que marca el camino futuro a los que tienen alrededor, tal y como le ocurrió a Gandhi, en las vísperas de su asesinato. Esos rostros llegan a la meta, y por eso nos llegan al fondo.
Y queda la tumba, que nos mira con una mirada dura, tan poderosa como la muerte que ella misma representa. No nos gustan las tumbas. Esparcimos las cenizas en el monte, el mar, porque las tumbas nos queman con su bilis el aliento de nuestras ganas de vivir fluyendo sin fin, sin orígenes ni metas, sin héroes y sin lápidas. Habla Olegario González de Cardenal: “En el primer día libre, tú y tus hermanos volvéis a este lugar y en esa piedra grabáis el nombre, la fecha de nacimiento y la fecha de la muerte de vuestro padre, porque quien no tiene nombre, lugar y tiempo, no existe, y si nadie le recuerda, no es persona. Y si él deja de existir con nombre y tiempo, dejáis también vosotros de existir, porque cerrados sobre vosotros mismos y olvidados de vuestro origen no sabréis quién sois, de donde venís, de quién sois, y ante quién estáis. Os habréis olvidado de vosotros mismos, al olvidar el lugar y los signos que mantienen viva la raíz amorosa de la que habéis surgido”. Así sea.
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Era una mujer guapa y tímida, siempre seria, con unos ojos miopes que te miraban fijamente, que emitían un hilo de brillo sutil que llegaba desde lo más hondo y te acababa por conquistar. Su determinación me conmovía siempre, recordándome las palabras de Teresa de Avila, una determinada determinación de no parar hasta llegar, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, siquiera se hunda el mundo, siquiera se muera en el empeño. Por eso era tan enormemente popular y tan querida en Rusia. Por eso estaba tan sola. A ella sólo se acercaban dos tipos de personas: los que querían matarla, y los que sabían que iban a morir al darle una determinada información. Los demás la abandonaban, como su marido, ese cobarde, que la dejó en 1999. A los hombres-niño, siempre nos han enseñado las mujeres-madre como ella, de qué hebras humanas está hecha la valentía. Que se lo cuenten a las madres de la Plaza de Mayo.
El principio de su fin comenzó en 1998, cuando fue a Chechenia a entrevistar al presidente
Maskhadov. En 1999 estalló la segunda guerra de Chechenia, y ella intuyó que esa guerra era el principio del fin de la libertad en Rusia, porque Putin la utilizó para hacer subir su popularidad y asegurarse la elección en Marzo del 2000. La guerra fue absolutamente brutal, y prueba de ello son las terribles imágenes que se pueden encontrar en Internet de la ciudad de Grozny antes y después de la guerra (ver aquí). Parece un queso gruyere, y eso que la imagen está tomada a cientos de kilómetros desde el espacio. Anna fue decidiéndose cada vez más a contar lo que pasaba allí, y su táctica fue muy simple. Contaba lo que veía, doliera a quien doliera, y que mejor sitio para analizar lo que pasaba que ir de visita a los hospitales de campaña y los hospitales civiles. Sus artículos estaban bien documentados, y criticaban también ferozmente a la guerrilla. Pero los chechenos, a pesar de haberla querido matar en numerosas ocasiones al principio, la respetaban. Por eso le pidieron que hiciera de mediadora en la crisis del teatro de Moscú. Por eso trataron de envenenarla cuando se dirigía a Beslán para mediar en el secuestro de la escuela.Conocía bien a su pueblo. Una vez comentó que la mayor tragedia del pueblo ruso era su status de esclavos y su fascinación por la esclavitud. Si como dijo Chesterton, la tradición es la democracia de los muertos, en Rusia ha habido muchos esclavos, y por eso los rusos no saben vivir en libertad. Pero Putin debería tener cuidado. Pascal comentó una vez que si la curvatura de la nariz de Cleopatra hubiera sido distinta, la faz de la tierra habría cambiado para siempre. La Historia tiene esos caprichos, señor Putin. Los pueblos respiran con los dos pulmones de la memoria y la esperanza por la boca de la verdad. Puede que a veces cometan el error de respirar más con la memoria y olvidarse de la esperanza, como ocurre con los nacionalismos. O puede que sea al contrario, y se obsesionen con el futuro de la utopía, de la que se espera casi todo, como ocurrió con los revolucionarios del XIX. Pero a un pueblo no se le puede tapar la boca de la verdad siempre. Su régimen señor Putin, es una dictadura moderna, basada en monopolios del gas y el petróleo, y en el control del arsenal atómico. Con el dinero de ese monopolio, una banda de delincuentes gobiernan Rusia, con la UE mirando para otro lado. Eso no es un estado, sino una banda de ladrones, porque falta la justicia. Ya lo advirtió Agustín de Hipona hace 1600 años señor Putin.
El miedo ha movido a los asesinos de Anna, pero con miedo no se puede vivir eternamente. Anna sabía como Sócrates, una de las columnas de la civilización europea, ya advirtió a los atenienses que la podredumbre moral es ignorancia, y que más vale sufrir la injusticia que realizarla, porque realizarla supone ignorar que el mal daña más radicalmente a quien lo realiza que a quien lo padece. Por eso Sócrates prefirió morir a dejarse corromper. Por eso Anna es y será grande, y su memoria arde como una zarza encendida e incombustible. Por eso, ella es la punta de un iceberg que brilla como un diamante en el océano de la mentira, esa testosterona con la que dopa Putin su imperio con pies de barro mediático-estatales. Descansa ya en paz, Anna. Si tú no existes aquí y ahora, es que no exististe jamás, y eso es simplemente mentira. Tú lo sabías, y por eso no te detuviste jamás.
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Rocío escogió una vida dura, porque necesitaba la altura desde la que desprenderse del fuego que la abrasaba por dentro. El fuego, lo llevaba envuelto en las Españas profundas de la copla y del flamenco. Tenía una voz enorme. Era “nuestra voz”. Cuando la entrevistaban, le hacían fotos, posaba. Siempre posaba. Uno se topaba con una muralla, que era desbordada enseguida por la fuerte personalidad de una mujer “echá p’alante” pero frágil. La vimos conJesús Quintero hace no mucho en una entrevista impresionante, de largos silencios, donde ya tenía toda la vida y su temprana muerte, bordada en la boca y la mirada. Fue su despedida del escenario público, para recogerse definitivamente en casa, ese lugar donde la envidia no te da alcance, y el color negro del luto se intenta blanquear con la presencia íntima de lo más tuyo, tu familia.
Pocos se atreven a ser artistas, porque la tarima, el escenario, es traidor. Las giras de ciudad en ciudad, son duras. Se duerme poco, se come mal, los managers te engañan, y uno no sabe por donde le va a salir el público aquella noche. En los teatros y las salas de fiestas, desembocan muchos ríos de pasiones que son difíciles de cabalgar. El hombre, la mujer que logra cabalgarlos, entra en el Olimpo de los Dioses, pero, los Dioses se comen siempre tu intimidad, tu vida privada, y una, pensaría ella, ya no puede ni morirse en paz. Hay que plegar las velas de las lágrimas, escudarse con gafas negras que son mas grandes que tu rostro, mantener la pose, ahora, en el momento más duro, cuando sólo apetece cantar entre lágrimas aquella sevillana de “algo se muere en el alma, cuando un amigo se va”.
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Hace un año murió Juan Pablo II. En recuerdo de su persona, y en recuerdo de aquellos días inolvidables, traigo a colación un artículo mío publicado en aquellas fechas:
EL CUERPO
La muerte se oculta en nuestra sociedad. Se beatifican los cuerpos, los muslos, la tersura de la sonrisa profiden. Corporación Dermoestética llena de aire las alas de nuestros miedos, nos eleva por encima del estertor de la arruga, que ya no es bella. Cambiamos de pareja, pero nunca de cirujano plástico. Comemos cada vez más verde y ecológicamente, para estrujarle la libido al dichoso dios Thanatos, el de la guadaña. Al mismo tiempo, nos inyectamos botox en los pulmones del alma, que son los labios, para que vuelen nuestras palabras a alguna pantalla plana inmaculada, una pantalla que nunca ha concebido el pecado del dolor o la tristeza, porque surfea en un mar de anuncios sin fin, de risas, de héroes vacíos e idiotas felices. Los talk shows llenos de expeluqueras de barrio que devoran afrodisíacos sentimentales, son la música decadente que decora brutalmente la infancia de nuestros hijos. La belleza es la justicia, pero la justicia no existe porque los sanedrines mediáticos nos telepredican que el amor es fruto de la casualidad y la lucha libre sin reglas entre cuerpos extranjeros que se hunden sin remisión en el inmenso mar de la nada.
Sin embargo, estos días se ha obrado el milagro. Tecnópolis no puede controlar la incontenible marejada, y los tentáculos de la omnipantalla se han quedado parados en un cuerpo. Una inmensa muchedumbre llenando las calles de Roma, como si fueran las salas de espera de la esperanza. Buscan rozar el sacramento maldito de nuestra civilización, un cuerpo muerto. Lo necesitan, porque una intuición ha sacudido hasta los tuétanos nuestro pequeño planeta azul: aquí hay un santo enorme, una personalidad gigantesca. Los teólogos críticos, ¿dónde han quedado? ¿Quién acude allí a ver el cuerpo exprimido de un anciano? El pueblo.
El anciano tiene el rostro hecho un bloque acementado con dolor y agonía. Su cabeza viste una mitra, que representa las dos hojas de la sabiduría divina esculpida en la revelación bíblica del Antiguo y el Nuevo Testamento. Su báculo, es recto, no como el de los obispos, que están doblados, en reconocimiento de que por encima de ellos está el sucesor de Pedro. Pero ese báculo recto que simboliza su autoridad, está coronado con una cruz doblada por el peso de un Cristo muerto. Varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, dice el profeta Isaías. Wotyla quería eso, suspiraba por eso. Simón hijo de Jonás, Petrus, la roca que no se cansaba cuando era más joven, la roca que machacaba a cansancio a los periodistas en los viajes, hasta que no podían más, mientras se preguntaban de donde una persona de 70 años sacaba fuerzas, para seguir y seguir trabajando sin fin. La roca, tenía un secreto, escándalo del mundo. Juan Pablo II arrojó todo su cuerpo y su inmensa alma con una fe gigantesca en el abismo de un Dios molido, machacado a golpes. Él sabía que la única forma de atravesar el corto pero profundísimo abismo de 30 kilómetros de largo entre su hogar de Wadowice y el campo de Auschwitz , era agarrarse al madero del Cristo, a la Cruz. Dios es el ser, y el mal es la ausencia del ser. Por eso Dios escogió a una roca, a alguien que tenía la estabilidad ontológica más fuerte que se podía tener, que es la de la comprensión de la Cruz.
El 7 de octubre de 2002, con la plaza de San Pedro llena, vino a verle el patriarca Teoctist I de Rumanía, que forma parte de la iglesia ortodoxa. Nada más llegar, el Papa, le abrazó, se levantó y le cedió su silla.La silla de Pedro se puede ceder, pero no el báculo del Cristo roto, muerto,machacado. Ése era sólo suyo. Quería ir tras Jesucristo, y darse hasta el extremo final. Lo demás no le interesaba. El mandaba en la Iglesia, sí, pero mandaba agarrado a ese madero doblado por el peso de un Dios muerto, de un Hombre triturado que ha plantado su tienda en el corazón del hombre, bebiéndose el humillante cáliz del dolor de cada ser humano. Ahora los jóvenes de las jornadas de la juventud llevan una Cruz sin cristo, de madera, por el mundo.
Ellos le entendían bien. El Papa yace muerto y el tiempo se para en las plazas de la memoria. No recuerdo nada semejante. No hay cronista que sepa recoger el shock que la modernidad está sufriendo con este acontecimiento. Una plaza llena de gente, rezando el rosario. El mundo asaetando con la mirada digital de las cámaras unas ventanas desde las que se oía el débil susurro de la agonía. Termina el rosario, ese rezo insistente, y los teletipos empiezan a vomitar lo que ya se sabía. Ha muerto Wotyla. Se sabía, pero yo no sabía que un anciano vestido con vestiduras litúrgicas, iba a ser rezado por una marea tan gigantesca de muchedumbres que no quieren dormir, no quieren comer, no tienen billete de vuelta. No hay tiempo hasta el entierro para verle. Es una democracia que arrasa las expectativas de un estado ridículo, el Vaticano, más pequeño que varios campos de fútbol. Los cardenales, que votan el nuevo Papa, están siendo chantajeados de forma brutal por un mar de gente, por el sensus fidei del Pueblo de Dios, que ya les indica la dirección en la que tienen que elegir, en que dirección tiene que ir la Iglesia del nuevo milenio. Para que este mundo quede completo, no debemos de olvidar jamás que hay que pintarlo con un pedazo del otro, porque la realidad remite a otro lugar. Auschwitz nos llevó a Wadowice, y Wadowice nos llevó a Roma. Roma caput urbi terrarum.
Publicado en Forum Libertas
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