martes, agosto 05, 2008

ALEXANDER SOLZHENITSIN (1918-2008)

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Rusia es una enorme estepa con once zonas horarias. Lo normal sería que un país de ese tamaño, fuera ingobernable. Pero, paradojas del destino, Rusia es una la nación de la tierra que ha sufrido algunos de los regímenes dictatoriales más perversos. Lo contó como nadie Solzhenitsin, en su novela Gulag, que es un acrónimo de “Dirección General de los Campos”. No se le pueden poner puertas al campo, como dice el refrán. Pero hay una excepción: Rusia. Allí se le pusieron puertas de alambrada al campo, al mundo, al pensamiento. En ese infierno, existían no obstante, dos tipos de personas. En un grupo, las que se dejaban seducir por el sistema, que les prometía ascender a las cimas de la vida (por ejemplo ser responsable del baño o de las raciones de pan), a cambio de ser informantes. Al otro lado se encontraban los hombres que no renunciaban a su dignidad, como cuando aquel preso le responde a un oficial: “el hombre al que ustedes han quitado todo, ya no está supeditado a ustedes, ya vuelve a ser libre”.

En 1961, con la apertura de Nikita Jrushchov, se recibió en la redacción de la revista literaria Novi Mir el manuscrito de Un día en la vida de Iván Denísovich, que describe un día en la vida de un preso del Gulag soviético, donde las estufas eran adoradas como dioses del fuego, el sueño nocturno era una especie de desmayo y la ropa se enterraba bajo tierra y nieve, para evitar los piojos. El director, A. Tvardovsky, se lo llevó a casa un viernes por la noche, para leerlo con tranquilidad. Empezó a verlo en la cama. Cuando se dio cuenta de su importancia, se levantó, se vistió y se fue a su despacho. Luego explicó que aquella obra no podía leerse en batín: "hubiera sido un insulto al autor".

Solzhenitsin se convirtió de inmediato en una figura literaria colosal. El régimen no pudo soportar, e intentó asesinarlo en 1971. En 1973 se publica la monumental Gulag en París. En 1974, es expulsado de la Unión Soviética. En 1994 regresa a Rusia, pero como él dice, los jóvenes ya no leen sus libros, tan cargados de sufrimiento y de páginas. Requiere demasiada responsabilidad. En su obra completa de 30 tomos, el autor mezcla personas, causas, conflictos, confusión, las esperanzas y desilusiones de los seres humanos. Es el lector el que tiene que pensar a fondo sobre todo ello, para comprender porqué un gran pueblo descendió al infierno de esa manera. Sozlhenitsin, es uno de los grandes.

Mas información:

-Excelente recopilación en Aceprensa aquí

-Excelente artículo en Scriptor aquí

-Orras referencias: Compostela

-Sobre el Gulag, una excelente web (inglés)

-Todo lo que quiera ver sobre Solzhenitsin en Technorati Tags

[Diario Informacion, 7/8/2008]

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viernes, julio 04, 2008

José Bergamín en la Plaza de Oriente

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José Bergamín vivía en Madrid en un pequeño ático que daba a la Plaza de Oriente. Así que, durante años, cada vez que Franco se asomaba, por lo que fuera, al balcón del Palacio Real, un par de números de la Policía Armada subían a su casa, armados, para vigilarlo. Durante mucho tiempo no hubo ascensor en la finca y se cuenta que el viejo escritor, ensayista y editor subía andando los cinco pisos, largo y delgado, mientras recitaba en voz alta un soneto distinto cada vez. Y era motivo de admiración entre quienes lo acompañaban su buena memoria, capaz de recordar decenas de ellos que desgranaba por la escalera, sin titubeos, mientras iba ganando peldaños. A aquella casa, apenas una buhardilla, acudió a principios de los 80 un joven poeta, Andrés Trapiello, que acababa de publicar su primer libro, y a quien Bergamín había llamado. Su visita coincidió con la de un operario que anduvo largo rato instalando una antena para que aquel viejo católico fervoroso pudiera ver por televisión la visita de Juan Pablo II a Fátima. Así que ambos, Bergamín y Trapiello, estuvieron media tarde sentados, uno junto al otro, casi sin hablarse, mientras el antenista hacía los ajustes precisos, antes de marcharse. Fue entonces, con la tele de fondo, cuando se dirigió a él y le dijo: «Le he hecho venir para decirle lo mismo que me dijo a mí Juan Ramón Jiménez: «De su libro me interesa el poeta, pero no el libro»
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jueves, marzo 06, 2008

Rayos Catódicos

Creo que es la mejor columna que he leído nunca. Se merece un puesto de honor en cualquier recopilación que se haga en el futuro. Tomás Cuesta, es para mí, un descubrimiento, un maestro, y una estela que seguir. Ayer en ABC, escribió la columna La charca de las ranas. Copio y pego:

SÓCRATES imaginaba el mundo clásico como una reunión de ranas en el contorno de una charca. La charca, claro está, era el vinoso ponto que azotaban los remos de las cóncavas naves. Las ranas, por su parte, eran los ciudadanos. Pequeñas comunidades de hombres libres regidos por la ley y amurallados en ciudades. La «polis», la ciudad, es la raíz de la política, la codificación de la virtud, el ritual del pensamiento crepitando en el ágora. Es la cuna que ahora, al cabo de los siglos, aún seguimos meciendo con más saña que maña. Porque las cosas han cambiado -ya te digo- y no para mejor en ciertos casos. Hoy, el vinoso ponto es el Mediterráneo: un pilón de sangría donde abrevan los bárbaros. De Sócrates se sabe que capitaneó a Brasil y que era un artista metiendo taconazos. Y lo griego, a lo sumo, es un ítem perverso en las secciones de relax, masajes y contactos. Nos queda la política (más bien su sucedáneo) y el croar de las ranas junto a la charca de las cámaras. Pero, cuando los ciudadanos acaban siendo audiencia y carne de cañón en las fauces del «share», la realidad es sólo un decorado. Cuando es preciso jibarizar los argumentos e ir del latiguillo al latigazo, algo huele a podrido en Dinamarca. La sociedad del espectáculo es la locomotora de los hermanos Marx y exige más madera a cada paso. Internet echa humo. La prensa está incendiada. Las radios se desangran en cábalas y en chácharas. Y las televisiones se aprovechan de que son juez y arte. O sea, que Rajoy y Zapatero se han vuelto a ver las caras ante la insomne expectación de media España y seguimos estando donde estábamos. El campeón enrocado en la mentira. El aspirante aturullado en las verdades. «Non parole. Un gesto», dejó escrito Pavese en sus cuadernos antes de desertar al otro barrio. El presidente del Gobierno, a su manera, le hizo un homenaje al poeta italiano. Gestos grandilocuentes y verborrea inane para vender la burra ciega al respetable. Zapatero quiso ponerse en estadista, pero su fórmula es idéntica a la de «Terminator»: No problemo, colegas, no problemo, todo está controlado. Y de ahí no le sacas ni a empujones, ni dándole sopapos con un aluvión de gráficos. Es obvio que Rajoy le pegó otro repaso. Repasó, una vez más, el memorial de agravios, los proyectos fallidos, las cuentas que no cuadran. La banalidad inconsciente, la venalidad culpable, los viles trapicheos con las alimañas. Y el empeño cerril en amañar las cartas y en no reconocer que pintan bastos. Rajoy no pretendía fascinar (que el «glamour» no es su fuerte no se le oculta a nadie) sino poner de manifiesto que es un tipo sensato. Una de esas personas que inspiran confianza, que no va de farol ni se las de nada. Los argumentos, sin embargo, no hacen ninguna mella en la coraza irracional de un visionario. Especialmente si hay que argumentar en un terreno en el que la cordura puntúa igual que los visajes. Zapatero ofreció a los españoles derechos sin deberes, prosperidad de balde, felicidad a la carta y a costa del Estado. Rajoy, por el contrario, incidió en el esfuerzo, en la gestión escrupulosa, en la conquista del futuro desde el quehacer diario. Ese es el desafío, a ver cuántos se atreven a recoger el guante. Entonces, ¿quién ganó? Posiblemente nadie. En la charca catódica, la gente ya no escucha el croar de las ranas y la política, la codificación de la virtud, el ritual del pensamiento crepitando en el ágora, ha sido deshonrada por los chulos del «marketing». En el mundillo posmoderno, la levedad es un clásico. Si antes una imagen valía mil palabras, en estos momentos no hay palabras que logren competir con las imágenes. Aunque la imagen del debate fue, sin duda, la de Rodríguez Zapatero con su famoso libro en blanco. Un hallazgo, «chapeau», quitémonos el cráneo ante el autor intelectual de la jugada. Enterrar cuatro años de tinieblas en ese auténtico sepulcro blanqueado es una desfachatez insuperable. Un sapo más que habremos de tragarnos. La cicuta va al margen.

Y tampoco puedo dejar de copiar su impresionante columna del pasado 27 de Febrero, Bambi en Viena, una columna épica, donde hace un repaso a la situación actual de nuestra cultura desde el faro de su mente lúcida y abierta como ninguna. En fin, mejor copio y pego también:

KARL Kraus fue uno de esos hombres que pasan a la historia en la repesca pero dejando tras de sí una huella indeleble. El drama de Karl Kraus (y el aval de su grandeza) es que fue un escritor para escritores, un genio a la medida de los genios. Wittgenstein, Canetti, Valéry (tres nombres entre tantos, aunque ahí queda eso) reivindicaron al guía y al maestro, sin conseguir, no obstante, que, al cabo de los años, su memoria no se agostara en el silencio. Karl Kraus -que detestaba los periódicos y sus banalidades flatulentas- nunca perdonaría que se usara su nombre para hilvanar una parábola tirando de una anécdota. ¡Qué le vamos a hacer! «Herr» Kraus, a estas alturas, ni siente ni padece y, allá donde se encuentre, resulta harto improbable que el ABC le llegue. O sea, que a lo nuestro. Hace un siglo, Karl Kraus entraba en los salones de la cultura vienesa -la altísima cultura, la que murió con la Gran Guerra- igual que un pistolero en un garito del Oeste. Disparando adjetivos a diestra y a siniestra (sobre todo a siniestra; el socialismo, a Kraus, no le gustaba un pelo) y haciéndoles catar la tralla de la sátira a los prestigios más señeros. Al pobre Rilke -Reiner María Rilke, príncipe de los poetas- le condenó a ser «la María», sin redención de pena. De Freud se choteaba sin el más mínimo complejo. Y a los gacetilleros, su presa favorita, nos desnudó en una sentencia: «No tener una idea y poder expresarla: un periodista es eso». Y ahí nos duele. Llegados a este punto, pasemos a exponer dos conclusiones evidentes. La primera es que a usted, estimado lector, «mon semblable, mon fr_re», le adorna la virtud de la paciencia. La segunda es que Kraus no era de esas personas -carentes de interés, generalmente- que van haciendo amigos a boleo; de esos que te colocan entre el abrazo y la pared con una efusividad grotesca. Por el contrario, Kraus no regalaba palmaditas, sino que repartía palmetazos de los de la vieja escuela. Incluso un alma pía, que le tenía en buen concepto, le regaló un consejo que jamás tuvo en cuenta: O cambiaba radicalmente de escritura o acudía a un gimnasio y se convertía en un atleta. Ni varió el estilo, ni cargó con las pesas, ni se compró una chichonera. Hasta que llegó el día en que un tal Felix Salten le dijo qué opinaba sobre sus descarnados textos. Lo malo es que se lo dijo con los puños y con tanta elocuencia que a Kraus, no siendo obispo, le hicieron cardenal de buenas a primeras. El chiste del asunto es que el tal Felix Salten, que solventaba a mamporrazos las diferencias de criterio, presumía de ser el campeón de la ternura, de la lágrima fácil, de la bondad sin excipientes. Su criatura más lograda era un amor, atendía por «Bambi» (a lo mejor les suena) y todavía hoy, después de tanto tiempo, continúa empapando montañas de pañuelos. «Por sus obras los conoceréis», afirma el Evangelio. Pero, si hay que tomar a Salten como ejemplo, la máxima no cuela. Y menos todavía sus secuelas, tan notorias algunas como Rodríguez Zapatero. Al señor Zapatero le motejaron como «Bambi» antes de que enseñara los cuernos y los dientes. Y «Bambi» ha sido siempre -según ha confesado reiteradas veces- su animal totémico. Tirando del ovillo de Karl Kraus, se puede concluir que el líder socialista tiene mucho de Salten aunque quiera esconderlo. Los lobos revestidos con pieles de cordero son menos peligrosos que quienes se disfrazan de cervatillos huérfanos. Es cierto que «Bambi», a estas alturas de la historia, disimula lo justo y exhibe una sonrisa de pega en los carteles (porque la de la tele, el lunes, no era una sonrisa, sino una cuchillada en plena jeta). Aún así, no echen en saco roto esa sabrosa anécdota de la literatura vienesa. Reparen en que «Bambi», por entrañable que parezca, esconde tras de sí a un matón de taberna. Y sigan la receta que ha empleado Rajoy para comerse con patatas a la nefasta bestezuela: Musculatura y argumentos. A Karl Kraus, por ejemplo, le hubiese ido de perlas.

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miércoles, marzo 28, 2007

¡Ay la amistad!

amicus

Comí con un amigo del alma. Hablamos de lo divino y lo humano. Del cielo y del infierno. De nuestras heridas mutuas. Del amor y del daño que nos han hecho, de los golpes recibidos. De la historia, de la histeria actual. Desglosamos las palabras del alarma que quedan atrapadas en el alma de nuestros hijos. Nos remansamos, acopiamos fuerzas para sumergirnos en el ruido del mundo, hasta volver a respirar dentro de unos meses, bajo la pretendida dureza coriácea de su corazón de amigo.

¡Ay la amistad! Amicus certus in re incerta cernitur.

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martes, marzo 13, 2007

Los demonios

russia

Jose Jiménez Lozano, entrevista en Aceprensa sobre la tarea de escribir:

Si Dostoievski no hubiera barruntado nada fuera de su tiempo, desde luego que no hubiera escrito Los demonios. Los pobres rusos que lo leían a ocultas bajo el terror estalinista se preguntaban: "Pero ¿cómo lo sabía?". Lo sabía porque era un escritor, en absoluto comprometido con su tiempo, sino con la verdad, el horror y la belleza de lo que veía en sus adentros. Un escritor ni siquiera necesita libertad económica, decía Faulkner con toda la razón; lo que necesita únicamente es un lápiz y un trozo de papel. Tampoco necesita libertad política; le basta y le sobra con ser libre interiormente.

La libertad interior, esa es la única, la verdadera libertad

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miércoles, febrero 28, 2007

Anticipos de primavera



Lo primero que florece en estos anticipos de la primavera son los brazos desnudos de las mujeres.
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lunes, febrero 26, 2007

citas 26_02_07

“Donde se quiere a los libros también se quiere a los hombres” Heinrich Heine

“He firmado tantos ejemplares de mis libros que el día que me muera va a tener un gran valor uno que no lleve mi firma” Jorge Luis Borges

“Los libros son las abejas que llevan el polen de una inteligencia a otra” James Lowell

“Los periódicos son los archivos de las bagatelas” Voltaire

“La enorme multiplicación de libros, de todas las ramas del conocimiento, es uno de los mayores males de nuestra época” Edgar Allan Poe

“Un libro es un suicidio aplazado” Emile Michel Cioran

“Es más necesario estudiar a los hombres que a los libros” François de La Rochefoucauld

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lunes, febrero 05, 2007

Zapatero y yo





“Zapatero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”. Cierro el libro, asustado por mi lapsus: ni Juan Ramón ni Platero se merecen esto. Abro Radiaciones, de Jünger, y encuentro: “Otros gusanos viven de la depredación, como es el caso de los poliquetos…” Uf. Cosas que ocurren por leer a los modernos, digo, y corro a refugiarme en Shakespeare. Entonces se aparece Hamlet, declamando: “Uno puede sonreír, y sonreír, y ser un villano”.
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martes, noviembre 07, 2006

LA PERSIANA

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La luz se adueña insolentemente del dormitorio mientras la persiana automática se estremece al subir. Al final, se queda colgado mi pensamiento en una frase de mi hijo que habla con su madre al otro lado de la casa, en la cocina. El niño tiene 4 años. La pregunta, que ya lleva en cierta manera inoculada la respuesta, me hace sonreír, me llena mi soledad y me acuna en lo más hondo el dolor del mundo, la desesperanza que como una enredadera se va apoderando a veces de mi ser, porque los años pesan. La acera de la actualidad siempre está llena de sangre, y los horizontes cercanos me angustian. Ya no somos lobos ni hermanos para los otros hombres. Somos inmigrantes, extranjeros de nuestro cuerpo y del ajeno. Necesitamos esas preguntas inocentes, las de un niño, que es mío sin serlo, que es de su madre y por eso nuestro. Necesito que un pequeño milagro me necesite, se sienta querido entre estas cuatro paredes, se sienta feliz cuando a su madre se le resbala una sonrisa del alma al tocar con mis labios su mejilla.

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lunes, febrero 13, 2006

LA LUNA

La primera imagen televisada que guardo en mi memoria es la del hombre poniendo el pie en la Luna. Mis padres me despertaron aquella noche para que lo viera. La luna, ese sitio de cráteres, una esponja rugosa con la que los poetas se enjugan las lágrimas en las noches del alma, que son muchas. Dice Mircea Eliade en su libro “La India”, que la noche es distinta en Europa, la India o el Medio Oriente. En Europa, nos da por pensar en las mujeres, en Medio Oriente en Dios, y en la India en el alma, porque el cielo es más alto, negro y diáfano en la India, con una fuerza descomunal que te arrebata de inmediato. En la India la luna es una barca que nos introduce en la infinitud de nuestra soledad. Con los remos de sus menguantes y crecientes, nos hace atravesar los mundos y los mares de polvo cósmico, para acabar paradójicamente mirando a nuestro interior, el lugar más inmenso del Cosmos, ese lugar que es un no-lugar, un agujero que sólo pueden llenar las verdaderas Presencias Reales (George Steiner), esa Presencia que nos hace olvidarnos de las preocupaciones del día y del calor. “Si tú la luz te la has llevado toda, ¿cómo voy a esperar nada del alba?..." (Claudio Rodríguez). La soledad de la noche arrebata mi ser, me atraviesa como una espada doliente con sus preguntas. Me enseña, el cielo oscuro, mi soledad. “De que le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma” (Mt, 16, 26)
En mi ciudad, miro a la luna cuando la urbe me deja. Las farolas negras apagan el cielo, sólo iluminan las calles, que deberían apagarse por la noche, y así, descansar la mirada, cesar el rayo de la acción humana. Algún día iré con mi hijo de excursión a enseñarle que es eso del cielo. Ahora los niños sólo ven la blanca totalidad de la luz solar, las pantallas planas e incandescentes de los televisores y los ordenadores, pero no sienten la calma de la luna, las estrellas quietas. Iré con él. Nos acostaremos en la hierba, y en silencio, quietos, miraremos a las estrellas, veremos ese satélite que corre por la bóveda del cielo, veremos como se desenrolla en el cielo la vía láctea. Sólo mirando lejos, podremos mirarnos de cerca y comprender que sólo somos uno más entre muchos, y curar nuestro corazón de ambiciones ciegas.
Michael Collins el astronauta de la misión Apolo 11, lo cuenta en su libro “Llevando el Fuego”, que se quedó en la nave mientras sus dos compañeros pisaban la luna por unos instantes, miró con una intensidad única a la pequeña bola del globo terráqueo, suspendida como una lágrima eterna de Dios en la mitad de la nada, transparente, tan frágil, de un azul intenso jamás pintado por mano alguna. Allí abajo, arrastraban sus pies, se alegraban y afligían, como un desordenado poema minimalista millones de hombres y mujeres. El planeta, que desde aquella noche sabemos que es el más azul del Cosmos, miró al cielo como jamás había mirado antes. El corazón de Michael Collins latía aquella noche en una enorme sístole perpetua, mientras el mundo se abrazaba en una diástole. Todos mirábamos a los astronautas del Apolo 11, mientras su módulo lunar, aquel insecto con patas desembarcaba en el desierto de la luna, envuelto en papel de aluminio, como una margarita electrónica fragilísima que se fuera a deshojar para siempre.
Qué había allí ..., en aquel silencio negro, en aquella inmensidad azul. Era la soledad de toda nuestra especie, la soledad de millones de años, la que se dejaba ver desde la luna, desde ese espejo cóncavo que es nuestra Luna, ese satélite que regula con su fuerza de gravedad las mareas, el ciclo de fecundidad de las mujeres, la vida toda sobre la tierra. Subirse a la luna, a la grupa del Monte de Sión de la Humanidad, era un punto sin retorno para nuestra especie.
Ella sigue allí, labrando nuestros días, la esfera que deslumbra translúcida nuestros cielos, la muralla que nos protege de tantos meteoritos, esa basura que nos manda el otro mundo desde la Nada.

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lunes, enero 23, 2006

PERROS EN RUMANÍA

Hace unos años, el alcalde de Bucarest (Rumanía), creó una pequeña tasa municipal para los propietarios de los perros. Rumanía era y es un país mísero, y de un día para otro miles de perros fueron abandonados en la calles, y la ciudad se hizo inhabitable, llena de perros salvajes que atacaban a los transeúntes. Pero, no es la primera vez que pasa. Leer más »

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martes, marzo 01, 2005

INSOMNIO

A veces la noche se agita en la conciencia, y no nos deja dormir. Paseo por las calles. Me acerco al pozo de un 24 horas para comprar agua, solemnemente atrapada en plexiglás. Me atiende un chico con cara de intelectual inacabado. Le pregunto “¿Cuánto es?” Sin responderme, lee el código de barras de mi insomne conciencia armado con su pistola láser. Con un breve e intenso manantial de palabras, me describe el tipo de personajes-peces que vienen a visitar la soledad nocturna de su acuario perpetuo. Sigo adelante y me topo con una hamburguesería. En la puerta hay una vigilante que no cabe en su uniforme. Al entrar, a mi derecha un chaval escucha atento mientras deja hablar a su musa, de grandes ojos azules, algo agotados, que intentan desahogarse de algún gesto contrariado que les ha hecho el destino. Enfrente mía, una pareja jovencísima habla en susurros. Ella viste una casaca roja. Lleva el pelo recogido con una goma, científicamente desordenado. No lleva pendientes, ni falta que le hacen. Mira con una mirada intensísima, camuflada con ironía al chico, que le responde con una breve risa sarpullida de dientes blancos. Parece que dice “no te lo digo todo ahora, no te voy a encontrar del todo esta noche, de pie en la hamburguesería, tenemos tiempo”. Para ellos, nuestro mundo es suyo, la eternidad es bella, porque siempre irá detrás de ella, siempre se sentirá sorprendido. Soy yo quien está allí bebiendo de su felicidad, engañando al tiempo que se enclaustra dentro de mí esas noches donde las calles te hablan y te dejan a la intemperie de la conciencia. Allí están ellos, sobre el sarcófago de la Modernidad, retando a la infelicidad. Albert Camus, en el discurso del Nobel, habló sobre la obligación que tenía su generación no de cambiar el mundo, sino de protegerlo de su propia destrucción. Era la primera generación que no debía hacer la revolución, sino guardar, cuidar al mundo. La única novedad que nos salva de la destrucción es la apertura hacia los otros, esa sorpresa, esa inclasificable calidad de los amantes, que han logrado esta noche que la hamburguesería haya atrapado para sí más belleza que la mejor colección Thyssen que haya existido jamás.

Salgo a la calle animado, reconciliado con el mundo. Las farolas minimalistas, rectas, como lanzas descabezadas, dejan un rastro de motas de luz fría. Por las bocacalles llega el viento, ese verso suelto que ha dejado escapar el mar. Las calles chirrían de vez en cuando. Por sus bocas asoman los camiones armados con brazos robotizados, que engullen contenedores de basura sin fin, como si la calma tensa de la madrugada no se hubiera hecho para ellos. Por encima de los edificios se adivina un cielo por el que se desparrama una insolente media luna. Me pongo los cascos, y en la radio suena una música. Todo un mundo de oscuros recuerdos me canta dentro del corazón. Me atraviesan como puñales y me dejan en un estado casi flotador, medio dormido, con una nostalgia infinita, sin saber porqué. No recuerdo al autor de la música. ¿De donde viene? Es como si viniera de quince o veinte veranos más allá. Blancos asfaltos, persianas verdes enroscadas a mano, la abuela que nos prepara la leche fría con canela. Vida de coche lento, paseos por los arrabales de una ciudad en miniatura…Pero también, esa musiquilla viene desde muy cerca, cuando el insomnio se atraganta en los desagües del alma. Viene, desde las últimas ilusiones, desde las madrugadas donde gallea el corazón y los ojos le ponen letra a la realidad penosa mientras canturrea la canción que cree oír y nadie canta. ¿Por qué, porqué tuviste que venir a mí, musiquilla imprevista? ¿Para darme tristeza?

Vuelvo sobre mis pasos. Las ventanas están encendidas. Dentro, parpadean los televisores. Las madres, preparan las mochilas de sus hijos. Hay otros mundos, pero están en esas ventanas. ¿Qué pasará allí dentro, donde se decide el destino de la felicidad humana? Esa musiquilla, que me hace débil, me labró la retina, con la que he logrado, al cabo de los años ser medio intérprete de esa música del corazón que se toca tras las ventanas. Quizás no fuera la música, sino los detalles de un latifundio de cariño envuelto en el celofán de unas notas de músiquilla-no-se-qué, que me ha robado unas horas de sueño, que no me hacían falta para nada, los que verdaderamente me han hecho recordar quien soy en verdad. Soy alguien revuelto que se mira en el espejo de la felicidad ajena, porque la felicidad ajena me hizo a mí. La felicidad de los otros, ese contenedor de acero, donde se halla toda la verdad, donde está la clave del universo, de la totalidad de lo real. ¿Por qué, porqué tuviste que venir a mí, musiquilla imprevista? Me vienes de fuera, de la felicidad del otro, me vienes. Me pones triste. Me alegras. Me dejas desecho y contento. Por fin, puedo irme a dormir.

Publicado en www.diarioinformacion.com el 28/02/2005

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