jueves, marzo 06, 2008

Rayos Catódicos

Creo que es la mejor columna que he leído nunca. Se merece un puesto de honor en cualquier recopilación que se haga en el futuro. Tomás Cuesta, es para mí, un descubrimiento, un maestro, y una estela que seguir. Ayer en ABC, escribió la columna La charca de las ranas. Copio y pego:

SÓCRATES imaginaba el mundo clásico como una reunión de ranas en el contorno de una charca. La charca, claro está, era el vinoso ponto que azotaban los remos de las cóncavas naves. Las ranas, por su parte, eran los ciudadanos. Pequeñas comunidades de hombres libres regidos por la ley y amurallados en ciudades. La «polis», la ciudad, es la raíz de la política, la codificación de la virtud, el ritual del pensamiento crepitando en el ágora. Es la cuna que ahora, al cabo de los siglos, aún seguimos meciendo con más saña que maña. Porque las cosas han cambiado -ya te digo- y no para mejor en ciertos casos. Hoy, el vinoso ponto es el Mediterráneo: un pilón de sangría donde abrevan los bárbaros. De Sócrates se sabe que capitaneó a Brasil y que era un artista metiendo taconazos. Y lo griego, a lo sumo, es un ítem perverso en las secciones de relax, masajes y contactos. Nos queda la política (más bien su sucedáneo) y el croar de las ranas junto a la charca de las cámaras. Pero, cuando los ciudadanos acaban siendo audiencia y carne de cañón en las fauces del «share», la realidad es sólo un decorado. Cuando es preciso jibarizar los argumentos e ir del latiguillo al latigazo, algo huele a podrido en Dinamarca. La sociedad del espectáculo es la locomotora de los hermanos Marx y exige más madera a cada paso. Internet echa humo. La prensa está incendiada. Las radios se desangran en cábalas y en chácharas. Y las televisiones se aprovechan de que son juez y arte. O sea, que Rajoy y Zapatero se han vuelto a ver las caras ante la insomne expectación de media España y seguimos estando donde estábamos. El campeón enrocado en la mentira. El aspirante aturullado en las verdades. «Non parole. Un gesto», dejó escrito Pavese en sus cuadernos antes de desertar al otro barrio. El presidente del Gobierno, a su manera, le hizo un homenaje al poeta italiano. Gestos grandilocuentes y verborrea inane para vender la burra ciega al respetable. Zapatero quiso ponerse en estadista, pero su fórmula es idéntica a la de «Terminator»: No problemo, colegas, no problemo, todo está controlado. Y de ahí no le sacas ni a empujones, ni dándole sopapos con un aluvión de gráficos. Es obvio que Rajoy le pegó otro repaso. Repasó, una vez más, el memorial de agravios, los proyectos fallidos, las cuentas que no cuadran. La banalidad inconsciente, la venalidad culpable, los viles trapicheos con las alimañas. Y el empeño cerril en amañar las cartas y en no reconocer que pintan bastos. Rajoy no pretendía fascinar (que el «glamour» no es su fuerte no se le oculta a nadie) sino poner de manifiesto que es un tipo sensato. Una de esas personas que inspiran confianza, que no va de farol ni se las de nada. Los argumentos, sin embargo, no hacen ninguna mella en la coraza irracional de un visionario. Especialmente si hay que argumentar en un terreno en el que la cordura puntúa igual que los visajes. Zapatero ofreció a los españoles derechos sin deberes, prosperidad de balde, felicidad a la carta y a costa del Estado. Rajoy, por el contrario, incidió en el esfuerzo, en la gestión escrupulosa, en la conquista del futuro desde el quehacer diario. Ese es el desafío, a ver cuántos se atreven a recoger el guante. Entonces, ¿quién ganó? Posiblemente nadie. En la charca catódica, la gente ya no escucha el croar de las ranas y la política, la codificación de la virtud, el ritual del pensamiento crepitando en el ágora, ha sido deshonrada por los chulos del «marketing». En el mundillo posmoderno, la levedad es un clásico. Si antes una imagen valía mil palabras, en estos momentos no hay palabras que logren competir con las imágenes. Aunque la imagen del debate fue, sin duda, la de Rodríguez Zapatero con su famoso libro en blanco. Un hallazgo, «chapeau», quitémonos el cráneo ante el autor intelectual de la jugada. Enterrar cuatro años de tinieblas en ese auténtico sepulcro blanqueado es una desfachatez insuperable. Un sapo más que habremos de tragarnos. La cicuta va al margen.

Y tampoco puedo dejar de copiar su impresionante columna del pasado 27 de Febrero, Bambi en Viena, una columna épica, donde hace un repaso a la situación actual de nuestra cultura desde el faro de su mente lúcida y abierta como ninguna. En fin, mejor copio y pego también:

KARL Kraus fue uno de esos hombres que pasan a la historia en la repesca pero dejando tras de sí una huella indeleble. El drama de Karl Kraus (y el aval de su grandeza) es que fue un escritor para escritores, un genio a la medida de los genios. Wittgenstein, Canetti, Valéry (tres nombres entre tantos, aunque ahí queda eso) reivindicaron al guía y al maestro, sin conseguir, no obstante, que, al cabo de los años, su memoria no se agostara en el silencio. Karl Kraus -que detestaba los periódicos y sus banalidades flatulentas- nunca perdonaría que se usara su nombre para hilvanar una parábola tirando de una anécdota. ¡Qué le vamos a hacer! «Herr» Kraus, a estas alturas, ni siente ni padece y, allá donde se encuentre, resulta harto improbable que el ABC le llegue. O sea, que a lo nuestro. Hace un siglo, Karl Kraus entraba en los salones de la cultura vienesa -la altísima cultura, la que murió con la Gran Guerra- igual que un pistolero en un garito del Oeste. Disparando adjetivos a diestra y a siniestra (sobre todo a siniestra; el socialismo, a Kraus, no le gustaba un pelo) y haciéndoles catar la tralla de la sátira a los prestigios más señeros. Al pobre Rilke -Reiner María Rilke, príncipe de los poetas- le condenó a ser «la María», sin redención de pena. De Freud se choteaba sin el más mínimo complejo. Y a los gacetilleros, su presa favorita, nos desnudó en una sentencia: «No tener una idea y poder expresarla: un periodista es eso». Y ahí nos duele. Llegados a este punto, pasemos a exponer dos conclusiones evidentes. La primera es que a usted, estimado lector, «mon semblable, mon fr_re», le adorna la virtud de la paciencia. La segunda es que Kraus no era de esas personas -carentes de interés, generalmente- que van haciendo amigos a boleo; de esos que te colocan entre el abrazo y la pared con una efusividad grotesca. Por el contrario, Kraus no regalaba palmaditas, sino que repartía palmetazos de los de la vieja escuela. Incluso un alma pía, que le tenía en buen concepto, le regaló un consejo que jamás tuvo en cuenta: O cambiaba radicalmente de escritura o acudía a un gimnasio y se convertía en un atleta. Ni varió el estilo, ni cargó con las pesas, ni se compró una chichonera. Hasta que llegó el día en que un tal Felix Salten le dijo qué opinaba sobre sus descarnados textos. Lo malo es que se lo dijo con los puños y con tanta elocuencia que a Kraus, no siendo obispo, le hicieron cardenal de buenas a primeras. El chiste del asunto es que el tal Felix Salten, que solventaba a mamporrazos las diferencias de criterio, presumía de ser el campeón de la ternura, de la lágrima fácil, de la bondad sin excipientes. Su criatura más lograda era un amor, atendía por «Bambi» (a lo mejor les suena) y todavía hoy, después de tanto tiempo, continúa empapando montañas de pañuelos. «Por sus obras los conoceréis», afirma el Evangelio. Pero, si hay que tomar a Salten como ejemplo, la máxima no cuela. Y menos todavía sus secuelas, tan notorias algunas como Rodríguez Zapatero. Al señor Zapatero le motejaron como «Bambi» antes de que enseñara los cuernos y los dientes. Y «Bambi» ha sido siempre -según ha confesado reiteradas veces- su animal totémico. Tirando del ovillo de Karl Kraus, se puede concluir que el líder socialista tiene mucho de Salten aunque quiera esconderlo. Los lobos revestidos con pieles de cordero son menos peligrosos que quienes se disfrazan de cervatillos huérfanos. Es cierto que «Bambi», a estas alturas de la historia, disimula lo justo y exhibe una sonrisa de pega en los carteles (porque la de la tele, el lunes, no era una sonrisa, sino una cuchillada en plena jeta). Aún así, no echen en saco roto esa sabrosa anécdota de la literatura vienesa. Reparen en que «Bambi», por entrañable que parezca, esconde tras de sí a un matón de taberna. Y sigan la receta que ha empleado Rajoy para comerse con patatas a la nefasta bestezuela: Musculatura y argumentos. A Karl Kraus, por ejemplo, le hubiese ido de perlas.

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