lunes, febrero 13, 2006

LA LUNA

La primera imagen televisada que guardo en mi memoria es la del hombre poniendo el pie en la Luna. Mis padres me despertaron aquella noche para que lo viera. La luna, ese sitio de cráteres, una esponja rugosa con la que los poetas se enjugan las lágrimas en las noches del alma, que son muchas. Dice Mircea Eliade en su libro “La India”, que la noche es distinta en Europa, la India o el Medio Oriente. En Europa, nos da por pensar en las mujeres, en Medio Oriente en Dios, y en la India en el alma, porque el cielo es más alto, negro y diáfano en la India, con una fuerza descomunal que te arrebata de inmediato. En la India la luna es una barca que nos introduce en la infinitud de nuestra soledad. Con los remos de sus menguantes y crecientes, nos hace atravesar los mundos y los mares de polvo cósmico, para acabar paradójicamente mirando a nuestro interior, el lugar más inmenso del Cosmos, ese lugar que es un no-lugar, un agujero que sólo pueden llenar las verdaderas Presencias Reales (George Steiner), esa Presencia que nos hace olvidarnos de las preocupaciones del día y del calor. “Si tú la luz te la has llevado toda, ¿cómo voy a esperar nada del alba?..." (Claudio Rodríguez). La soledad de la noche arrebata mi ser, me atraviesa como una espada doliente con sus preguntas. Me enseña, el cielo oscuro, mi soledad. “De que le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma” (Mt, 16, 26)
En mi ciudad, miro a la luna cuando la urbe me deja. Las farolas negras apagan el cielo, sólo iluminan las calles, que deberían apagarse por la noche, y así, descansar la mirada, cesar el rayo de la acción humana. Algún día iré con mi hijo de excursión a enseñarle que es eso del cielo. Ahora los niños sólo ven la blanca totalidad de la luz solar, las pantallas planas e incandescentes de los televisores y los ordenadores, pero no sienten la calma de la luna, las estrellas quietas. Iré con él. Nos acostaremos en la hierba, y en silencio, quietos, miraremos a las estrellas, veremos ese satélite que corre por la bóveda del cielo, veremos como se desenrolla en el cielo la vía láctea. Sólo mirando lejos, podremos mirarnos de cerca y comprender que sólo somos uno más entre muchos, y curar nuestro corazón de ambiciones ciegas.
Michael Collins el astronauta de la misión Apolo 11, lo cuenta en su libro “Llevando el Fuego”, que se quedó en la nave mientras sus dos compañeros pisaban la luna por unos instantes, miró con una intensidad única a la pequeña bola del globo terráqueo, suspendida como una lágrima eterna de Dios en la mitad de la nada, transparente, tan frágil, de un azul intenso jamás pintado por mano alguna. Allí abajo, arrastraban sus pies, se alegraban y afligían, como un desordenado poema minimalista millones de hombres y mujeres. El planeta, que desde aquella noche sabemos que es el más azul del Cosmos, miró al cielo como jamás había mirado antes. El corazón de Michael Collins latía aquella noche en una enorme sístole perpetua, mientras el mundo se abrazaba en una diástole. Todos mirábamos a los astronautas del Apolo 11, mientras su módulo lunar, aquel insecto con patas desembarcaba en el desierto de la luna, envuelto en papel de aluminio, como una margarita electrónica fragilísima que se fuera a deshojar para siempre.
Qué había allí ..., en aquel silencio negro, en aquella inmensidad azul. Era la soledad de toda nuestra especie, la soledad de millones de años, la que se dejaba ver desde la luna, desde ese espejo cóncavo que es nuestra Luna, ese satélite que regula con su fuerza de gravedad las mareas, el ciclo de fecundidad de las mujeres, la vida toda sobre la tierra. Subirse a la luna, a la grupa del Monte de Sión de la Humanidad, era un punto sin retorno para nuestra especie.
Ella sigue allí, labrando nuestros días, la esfera que deslumbra translúcida nuestros cielos, la muralla que nos protege de tantos meteoritos, esa basura que nos manda el otro mundo desde la Nada.

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