viernes, noviembre 02, 2007

FLORES PARA MI ABUELA

oma1

Hoy van los autobuses llenos de abuelas agarradas a los brazos de sus hijos o nietos. Van cargadas de crisantemos, hortensias, gladiolos para llevárselas a sus difuntos. Así, en un día como hoy, los nietos y los hijos asisten al espectáculo del resurgir de la memoria. Se evoca a los difuntos, se recuerdan sus vidas, se arreglan sus tumbas. En medio de la vorágine, las abuelas hacen una parada y permanecen pegadas a los nichos durante horas, mientras los nietos y los hijos, las dejan allí y vuelven rápidamente a sus ajetreos, se rodean de ruido, técnica, velocidad, para no sentir el silencio aterrador de los espacios infinitos (Blaise Pascal) que emerge de aquellas cenizas.



Es normal. Todavía no hemos vivido lo suficiente como ellas. Cuando somos jóvenes, los vivos son la norma, y los muertos la excepción. Llega un momento en que se llega a un “equilibrio”, que al final se rompe: el mar de nuestra vida se llena de barcos hundidos, de “nuestros muertos”, los coetáneos, esos que formaban parte de nosotros. Esos, los íntimos, siguen vivos dentro de nosotros. Su presencia emerge una y otra vez con la viveza siempre sentida del desgarrón, de la ausencia (ver Julian Marías, Mapa del Mundo Personal). Su ausencia nunca es tal. Siguen presentes, aunque vivamos muchos años y tengamos la percepción de que somos unos supervivientes solitarios en un mundo extraño. La supervivencia de entre tantos que han muerto, nos da la sensación de vivir en un mundo ajeno que superamos hace ya mucho tiempo, porque vivimos cada vez más sumergidos en las profundidades de nuestro pasado, viviendo y recordando sin parar la presencia ausente de aquellos que se fueron y que nunca nos dejaron, aquellos que nos reclaman y nos sacan del presente para llevarnos a sus deliciosas estancias.



Todos percibimos que las cosas son y serán así. Las abuelas seguirán llevando flores, se sentarán frente al muro de los nichos, porque perciben que esos cuerpos que veneran, están a medio camino entre las tumbas y sus recuerdos, y las flores son el puente que le da vida a su memoria real, en el mundo presente de las cosas y los hechos. Otros, seguirán yendo a los bares abiertos para cerrar las heridas y aplacar el dolor de los recuerdos con ginebra. A ellos, a tantos, les hacen falta, quizá, unas abuelas cargadas de flores, alguien que les diga, que no se puede vivir sólo con cinco sentidos, que la muerte es un eslabón perdido de la cadena de la vida, que se carga de sentido a este lado del nicho con un puñado de flores y una vida buena.



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