viernes, enero 07, 2011

EL OTRO LADO DE LA CAMA



Me llevo un gran ramo de flores para ir a visitar a Salva. Hace una mañana fría y radiante. Su mujer está en la habitación del hospital. Me recibe con una sonrisa agridulce. Nos quedamos solos, mientras ella aprovecha para ir a la cafetería y para despejarse un rato. Me quito el abrigo y la careta a la misma vez. Van a ser pocos minutos para hablar él y yo, cara a cara. Está muy delgado. Diagnóstico: cáncer. Nos saludamos. Se alegra de verme, y se nos escapan por el rabillo del ojo unas lágrimas.

La vida ha pasado rápido para los dos, ¿verdad Salva? Sus hijos han crecido y viven sus vidas, unos peor y otros mal. De dinero, anda bien. La crisis, para él es de otro tipo. Toda la vida subiendo la escalera del éxito, escalando la pared, y ahora que ha llegado arriba, se da cuenta de que tenía que haber apoyado su vida en otra pared. Algunas veces hemos hablado en el pasado sobre los valores de fondo tan distintos que guiaban su existencia y la mía. Todo muy educadamente, eso sí. Su edad no es la mía. Yo soy más joven, no podía dar lecciones. Tampoco quiero soltarle mi rollo existencial ahora. Voy allí con ánimo de cargarle las pilas. Pero ¿cómo se anima a alguien cuando el telón de su vida está cayendo?, ¿cómo se anima a alguien desde el otro lado de la cama? Pero quiere guerra. Me dice que siente su vida fracasada: debería haberle dedicado más tiempo a la búsqueda espiritual de Dios, a sus hijos, a angustiarse menos por el éxito y el dinero… Debería…

Le digo que se prepare para el otro lado. Lo que queda es la Eternidad con mayúsculas. La herencia que les dejas a los tuyos, Salva, es sobre todo, como afrentas la muerte. Al final, el que sabe, es el que sabe morir, el que sabe apagar la luz con una sonrisa, el que sabe aceptar la necesidad de los demás, nuestro lugar y momento transitorio en la historia. Dios que te creó sin ti, Salva, no te salvará sin ti. Lo importante es saber recibir la vida como regalo, no como nuestro poder, nuestra creación, porque eso es una gran mentira. Las enfermedades como la tuya nos recuerdan que somos pobres y pequeños. Nos facilitan pedir perdón para abrir el corazón y la mente para recibir más. Nos ayudan a entregar lo que más vale, nuestro yo. Nos ayudan a destruir el miedo de perder ese poco que creemos que es “nuestro”.

Llamamos al sacerdote del hospital. Hablan a solas, le cuenta sus fracasos a fondo. Pide la comunión. Entro en la habitación, me siento en el borde de la cama. Está absurdamente radiante, con una paz inmensa. Su mujer, tiembla, mientras le coge la mano. Se incorpora y me dice que ahora que es pequeño, se siente grande y querido. Al final, Salva, apoyó la escalera en el muro adecuado, la mejor herencia para los suyos.

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