martes, marzo 09, 2010

AUSCHWITZ EN CADA UTERO

 

La actitud del Rey, que ha sancionado la Ley del Aborto, era de esperar. También era previsible todo lo demás:  la chulería con que José Bono anunciando que buscará a otro sacerdote para que le de la comunión, la asquerosa y débil respuesta de Rajoy pasándole la pelota al “prestigiosísimo” Tribunal Constitucional. Un Tribunal que tiene una Presidenta que fue abroncada en plena calle cuando aquel desfile de las Fuerzas Armadas y  que lleva cinco años sin sacar sentencia sobre el matrimonio homosexual o sobre el Estatuto, o sobre lo que sea. Claro que sí, ese Tribunal defenderá a los inocentes, por supuesto, Mariano. Todo esto me recuerda a aquella escena que relata Chaim Aron Kaplan en ese cegador libro sobre el Guetto que es Diario de Varsovia:
    Un rabino de Lodz fue obligado a escupir sobre un rollo de la Tora que estaba en la     sagrada Arca. Temiendo por su vida, obedeció y profanó lo que es sagrado para él     y para su pueblo. Al poco rato, dejó de tener saliva, su boca estaba seca. A la     pregunta de los nazis de porqué había dejado de escupir, el rabino repuso que su     boca estaba seca. Entonces “el hijo de la raza superior” comenzó a escupir en la     boca del rabino, y este siguió escupiendo en la Torá.

El miedo, su cobardía rastrera,  a perder la supuesta dignidad que les da su puesto, les hace escupir una y otra vez no sobre sus convicciones católicas. Eso a mi me trae al fresco. Escupen sobre los más inocentes, sobre la Humanidad más sagrada, y cuando ya no tienen más saliva, abren la boca para que les vuelvan a llenar su boca, ese depósito de babas de lamelibranquio, con la leche negra de la que hablaba Paul Celan en su  Fuga de la Muerte. Todos escupen. Unos por lo menos tienen imaginación para fermentar el pus del Mal en sus mentes podridas. Otros sólo ponen la boca para llenarse de la bilis de pus y odio que ni siquiera ellos han podido producir. Cobardes.  Todos huyen. A los que apoyamos la vida nos llama ZP hipócritas. Ese que iba con el cinturón de Hermes puesto en los vaqueros, el representante máximo de esa izquierda libidinosa, amante del lujo que se arrima a Emilio Botín y se pasea en coche blindado por los cinturones rojos de las ciudades cuando suena la campana de las elecciones. Escúpanos más, por favor. Más. Son cómplices del asesinato de unos hijos cuya único delito consiste en que sus padres han existido antes que ellos. Su delito ha sido ser hijos.
 

Malditos. Caiga su sangre sobre vuestras cabezas.

Cuando era más joven, llegó un momento en que el tema “aborto” hizo que gente cercana me diera la espalda. El tema se convirtió en tabú.  Trataba de explicar que el Mal estaba ahí fuera, y que se estaba extendiendo. Me movilicé muchas veces. La gente, y yo mismo llegó a un punto en que no podía soportar esa angustia. Y al final sobrevino el silencio. Eramos gente normal, que no podía concebir que se transformaran en productos cosméticos restos de embriones a sólo unos kilómetros de nuestras casas. Y eso es exactamente lo que estaba ocurriendo. Nos pasaba como a los judíos: no podían concebir que esos hornos crematorios existieran en el centro de civilización. Y eso es exactamente lo que estaba ocurriendo. Después llegó ZP, esa Madonna cutre del socialismo decadente de principios del siglo XXI, y trajo a Bernat Soria, otro infame, que cambió la ley, para que no se consideraran restos humanos a los fetos abortados. Ahora ya los despiden en bolsas de basura negra a beneficio de inventario. Como decía el gran Blaise Pascal, por conservar y acariciar la bestia del Poder han acabado por lamer la Tierra trufada con  los restos humanos de sus víctimas. 

Farsantes. Asesinos.

La segunda mitad del siglo XX
proclamó la bandera de la paz y de la vida :
la vida de Mick Jagger,
la vida de Alí Agca, la de Charles
Manson, la de Bokassa,
la de José Rodríguez, son sagradas ;
la vida de las focas y de las sequoias
y hasta la vida de los vietnamitas
son sagradas, etcétera...

Muy bien, señores, pero
mientras el Universo se llenaba
de palomitas rosas, mientras todos ustedes
hacían el amor y no la guerra,
en cada útero un Auschwitz, un Dachau, un Stalin,
un Führer, un Vietnam, un Paracuellos,
un negro y fiero y ciego bombardeo.
Todo legal, no sufra, todo a cargo
de la Seguridad Social, naturalmente.

Cinco, veinte, sesenta millones, ochocientos
millones de personas -Dios lleva cuenta exacta-
asfixiadas, quemadas, trituradas
(con absoluta higiene y música ambiental
para que nadie diga).
Yo he escuchado sus llantos diminutos,
he visto sus milímetros de espanto,
sus deditos de leche desvalida
moviéndose en el cubo funerario.
Yo levanto estos versos como un volcán de rabia
y grito a las estrellas
que el mayor genocidio de este planeta fue
la segunda mitad del siglo XX.


Miguel D’Ors
Lecciones de historia

Después, tras una denuncia de la televisión danesa e inglesa, Forum Libertas denunció al Dr. Morín, un médico peruano que defraudaba a Hacienda masivamente, que era seropositivo, que usaba a señoras de la limpieza para “operar” a chicas menores de edad, que hacía abortos de más de seis meses. Se llevó a la Fiscalía. Ningún fiscal “quería comerse el marrón”. Tras seis meses de insistir, al final, las cosas llegaron al juzgado. Y llegó otra vez la audacia de esa hiena disfrazada de Prada, María Teresa Fernández de la Vega, adoradora de la buena mesa, el lujo, con más fondo de armario que Imelda Marcos y más zapatos de tacón que Diana de Gales, y  se movilizó para incrementar la facturación de las clínicas, esas checas modernas donde se trocea a los de nuestra especie. Cambió la ley con la ayuda de esa becaria inane llamada Aído, amenazó a la policía que ha bía hecho el informe -al que Rubalcaba le ha abierto un expediente-, y aquí no ha pasado nada. Y los médicos no hicisteis nada. Y los jueces, fiscales, no hicistéis nada. Y la gente con hijos, no hicimos nada.

Malditos seamos todos. Caiga su sangre sobre nuestras cabezas.

Y como colofón, han aprobado la ley más brutal de Europa. En España va a ser posible asesinar a niños concebidos hasta justo antes del parto (y ya puestos después). Con esta nueva ley recién aprobada entre carcajadas de ministras que se oxigenan el pelo con mechas, las fábricas de la muerte han acelerado la cadena de producción. Y todos han asentido, han colaborado.  Me pasa como a Elie Wiesel, un superviviente de Auschwitz, cuando dice que a pesar de dedicar toda su vida a comprender ese mal absoluto, “sigo sin entenderlo”.

Hannah Arendt llamó a Auschwitz el Mal Radical, porque ni siquiera a las víctimas se les permitía la muerte. Los cadáveres se fabricaban, se producían en cadena (am laufendem Band). En Auschwitz no se moría, se fabricaba la muerte. Se era parte de un proceso. No eras nadie, ni nada. Eran parte de un proceso. Los cadáveres eran “figuren” (figuras), como bien recuerda Primo Levi.  Se les robaba el derecho a una muerte personal, donde el nombre queda grabado en una lápida y en las vidas de los que te quieren, donde tienes tiempo para prepararte a tu muerte particular, única e  irreemplazable.  Morir en serie es querer eliminar tu condición humana. 


Y eso es lo que habéis hecho  con más saña aún:  afilar las cuchillas de las trituradoras, acelerar  las cintas de producción (am laufendem Band), darle a tope a la máquina para que ahogue el grito de vuestras miserables conciencias.

Malditos seáis.

En Un Mundo Feliz de Aldoux Husley, se organiza todo para que la población sea de 2.000 millones de personas. Y sólo se admiten 10.000 nombres. Sólo 10.000 nombres. Con el aborto se les niega incluso el nombre a esas personas concebidas. Se borran los nombres. No son nombradas  y sus apellidos, son amputados en la trituradora. Es el cese de toda intimidad humana, su extirpación es nuestro suicidio. Freud dijo que para crecer, el niño tenía que matar al padre, y con el pansexualismo neurótico de Freud hemos hecho lo contrario: hemos matado a nuestros hijos para robarles el futuro de su tiempo, para apropiarnos de sus vidas como vampiros.
 

Que Dios nos perdone.

Debemos de recordar lo que ha pasado. Cada vida es un comienzo absoluto. Los hombres no han nacido para morir , sino para hacer algo nuevo. Y para eso debemos de comprender, para poder actuar. Hay que comprender la historia del aborto, y recordar que surgió a mitad de los sesenta, porque el Gobernador de Nueva York, un tal Nelson Rockefeller, vetó una ley, y abrió la puerta al aborto libre en el Estado de Nueva York. Rockefeller, ese sindicalista de toda la vida, hombre ¿les suena la Trilateral? ¿el grupo Bildenberg? Quien creen que donó los fondos para que esa racista  Margaret Sanger pudiera comenzar sus campañas para promover el aborto en Nueva York en la década de los 20? Pues el abuelo del susodicho, Mr. John D. Rockefeller, aquel entusiasta de "la supervivencia de los más aptos." Después, con la sentencia que liberalizaba la pornografía, y finalmente la sentencia Roe vs Wade, se legalizó el aborto. En Francia, fue Giscard quien cortó la cinta del matadero. Y así sucesivamente. El aborto, es un gran invento capitalista. Los adoquines que se lanzaban a los policías en Mayo del 68, acabaron en nada. Esa muchedumbre cobarde de niños pijos bien, que querían cambiar el mundo, se encerraron en sus casas para consumir pornografía y apedrear los vientres de sus parejas cuando estos amenazaban con dar fruto. En eso quedó la lucha de clases: en robarle la vida a los más débiles. Corporación Dermoestética nos agradecerá nuestra obsesión por el vientre plano.

Pido perdón a todos esos asesinados porque miramos a otro lado, porque mientras hacíamos la colada, ibamos al cine o le dábamos de merendar a nuestros hijos, la sangre de los inocentes corría por nuestras calles. A partir de ahora será un torrente negro.  Que Dios nos perdone, para volver a comenzar, aunque no nos lo merezcamos. Que sus cenizas hagan arder el cielo, para que quede expuesto a la luz la enormidad del crimen, para que termine este suicida Holocausto de inocentes.



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