domingo, agosto 21, 2011

LOS JOVENES NOS DAN LECCIONES



Estoy bastante harto de como se está informando acerca de la JMJ, porque sinceramente, cuando uno ve periódicos y telediarios y compara eso con las impresiones de los chavales que están viajando hacia Madrid a esas jornadas, se nota una insistencia en analizar un viaje de chicos y chicas de todo el mundo desde el punto de vista económico y político (es decir desde el punto de vista del poder y de la pasta).

Maldita sea, son chavales. Les importa un bledo el poder. Dinero no tienen. Vienen a pasárselo muy bien rezando, cantando, a conocer a chicos y chicas de otros países. A pasar calor mientras duermen en el suelo y tocan la guitarra. A pasarse las cuentas de twitter, los emails, los facebook para seguir en contacto más adelante (a eso lo llaman iCAT).

Los chicos y chicas de la JMJ les pusieron las pilas a la curia vaticana, y han hecho que les adapten el Catecismo de la Iglesia Católica para jóvenes que se llama YOUCAT, lleno de fotos, citas, que va al grano sobre las exigencias y preguntas más fuertes que se plantean en la vida de cualquier persona. Es un movimiento de abajo a arriba, global. En esta fiesta a veces se cuelan monjas, curas mayores, obispos, si. Pero los que mandan son ellos con su alegría a raudales, su esperanza en que otro mundo es posible, sus risas contagiosas.

El domingo pasado me encontraba en la Iglesia en el lugar que veraneo todos los años. Acababa de terminar la misa, y algunos pocos nos quedamos allí unos minutos más. De repente entró un chico de unos 18 años, nos pidió disculpas y entró un grupo de unos 30 chicos y chicas de ... ¡Bosnia! Estaban acogidos en casas del pueblo. No sabía que había católicos en Bosnia...

Las señoras que los acogían eran mayores y jóvenes, y esperaban fuera. Todas reían. El chico era español, subió a la zona del altar y en un idioma tipo spanglish meditaban un texto del Evangelio y explicaban que era el Camino de Santiago. Rezaban y a veces reían cuando alguien les traducía algo al Bosnio. Hablé con un chico español, y me contó el planazo que tenían para ese día. Me dio una envidia de narices. Y todo organizado con poquísimo dinero. De ahí se iban a Madrid. Hay gente que viene de Timor Oriental, de Indonesia, de Kazakhstan, de Brasil o de Canadá. Llevan años ahorrando. Hay lituanos que vienen en autostop. Polacos que se han chupado 30 horas de autobús para llegar.

Les da igual. Llenos de una alegría y esperanza que no se entiende, vienen a darnos lecciones a los que estamos viejos de que otro mundo es posible, mientras nosotros fruncimos el ceño pensando en la crisis, la deuda que nadie puede pagar y la sensación de que todo se va al garete en Septiembre porque aquí todo el mundo ha vivido por encima de sus posibilidades, se ha robado demasiado, se ha explotado demasiado. El botox de los labios se ha deshinchado. Demasiada apariencia falsa, envuelta en marketing barato. Y ellos nos dicen que la clave para renovar y arreglar todo esto está en el corazón, mientras rezan cantando y se confiesan a mares en el Retiro a 40 grados a la sombra.

Ayer un vecino amigo, me decía que tenía que volver a Albacete esta tarde porque su hijo salía mañana a las 8.00 de la mañana con su parroquia, y se había puesto muy pesado con eso de la JMJ. Claro, no son tontos. El Papa también lo sabe. No ha puesto condiciones. Viene a pasárselo bien con ellos, mientras comparten la alegría de una Fe en el hijo de un carpintero que partió la historia en dos, a base de insistir en que lo importante es renovar el corazón, y para renovar el corazón hace falta pedir perdón, dejarnos corregir. No pasa nada. Somos frágiles, capaces de hacer el bestia. Pero se puede volver a recomenzar.

Los doce apóstoles burros que llevaba consigo sólo lo entendieron cuando recibieron la ayuda directa (esa enfermedad llamada “gracia”) de su Rabbí Maestro que sigue saltando por encima de los estrechos intereses del poder y la estulticia humana. Están indignados con este mundo. Quieren cambiarlo, quieren mejorar y piden ayuda al hijo del carpintero mientras llevan a hombros por todo el mundo la cruz sin crucifijo que les regaló Juan Pablo II en 1984.

Los jóvenes nos recuerdan que no hay mundo mejor sin entregar personalmente la vida. Nos dan lecciones, y yo me lo estoy pasando muy bien viéndolos. Se te quitan las depres. Menos mal que nos queda el fútbol y la JMJ. Menos mal que nos quedan los jóvenes. Ellos nos recuerdan lo importante [que es llenar el corazón con ideales que merezcan la pena. Para ser feliz, no hace falta estar rodeados de comodidades, sino tener un corazón grande y enamorado. El mundo es vuestro. Adelante.


[Diario Informacion, 19/08/11]



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