martes, febrero 23, 2010

Relaciones sexuales, cuatro veces por semana




Jennifer López ha estipulado en su contrato matrimonial el número de relaciones sexuales con su marido, Marc Anthony. Cuatro por semana. En esto ha quedado el triunfo de la espontaneidad, la liberación de las represiones.
La transgresión ha terminado en nuevos contratos, más draconianos. Si dos se quieren y funcionan bien en la cama, ¿para qué quieren papeles?, decían. Quisieron abolir los papeles y terminaron empapelados. No entendieron que el matrimonio era otra clase de contrato: el más libre y el más comprometido.
Fíjate si la unión conyugal será contrato que es el mayor de todos ellos. No estás firmando tu incorporación a una empresa. Estás entregando toda tu persona (cuerpo, alma, pasado, proyectos), todo lo que eres (piensas y sientes), todo lo que vas a llegar a ser (futuro) y todo lo que tienes. ¿Hay un contrato más salvaje? Y con una única cláusula: “Hasta que la muerte nos separe”.
Es el contrato más comprometedor y el menos burocrático de todos. Fíjate si será atípico el negocio que hacéis ante el altar que lo dais todo a cambio de nada. ¡A cambio de nada! ¿Dónde está el beneficio, el margen? ¡Si Adam Smith levantara la cabeza!
Además en la unión conyugal recibes bienes sin merecerlo, sin haber hecho nada. Porque el verdadero amor no se puede exigir, pero tampoco se puede merecer. Por un lado lo das todo, sin medida; y, por otro, lo recibes todo, sin haberlo merecido. No te cobras el amor que das, como si fuera una recompensa por lo cariñosa que eres con tu marido. No hay premios. Eres amado/a sin tener en cuenta tus méritos.
Eso explica que, en el verdadero amor, puedas ser querido incluso aunque tú no correspondas, bien porque haces la puñeta a tu mujer o sencillamente porque tienes Alzheimer y la confundes todo el rato con la asistente rumana.
Al cabo no es el dinero lo que mueve el mundo. Pese al utilitarismo que preside la sociedad, pese a la carrera de obstáculos por atesorar méritos para que a uno le quieran, al final lo que de verdad se valora es el cariño desinteresado. Paradójicamente lo que más llena es darlo todo por nada.
Pero sólo es posible en el ámbito de la familia y del matrimonio, el único refugio frente a la intemperie del mercado. Cuando cierras la puerta de tu hogar, entras en otro mundo, con una lógica completamente diferente. Respiras hondo. Porque en el hogar no vas a recibir más amor por tus logros. En su diccionario no existe la expresión “tener que”… o el condicional: “Si ella es buena chica, yo la llevo en palmitas”.
Lo que figura en ese diccionario es mucho más fuerte. “Yo la llevo en palmitas, porque es mi chica, sea lo que sea y haga lo que haga. Y además la llevaré siempre, así se vuelva cleptómana, maniática o sencillamente anciana de 84 años… hasta que se muera”.
Eso es lo que significamos cuando prometemos querernos “en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”. ¿Qué te creías? ¿Un trámite? ¡Conque contrato burocrático!
Pero ¿todo esto no es un pelín idealista? No creas. En realidad es lo que ha experimentado buena parte de la Humanidad desde el hombre de las cavernas. Quizá esa clase de contratos ha evitado que nos merendáramos unos a otros. Lo cual viene a desmentir que el hombre sea siempre un lobo para el hombre. Tal vez Hobbes era miope.

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