jueves, agosto 07, 2008

Gabo, Fidel y demás miserias del siglo XX




Antonio Muñoz Molina, en Babelia
Me he acordado de mi amigo cubano leyendo en estas páginas una crónica de Mauricio Vicent sobre otro regreso a La Habana, el de Gabriel García Márquez. Siempre es algo aterrador que la figura de alguien sea tan hipertrófica que baste su nombre de pila o su diminutivo para designarlo: Gabo, Fidel. Gabo viaja a La Habana y como es su costumbre se encuentra con su amigo Fidel, y también con otro amigo algo menos importante, Raúl, que sí necesita el apellido. Tanto García Márquez como Mauricio Vicent viven de un oficio inviable sin la libertad de expresión, pero en la crónica se sugiere como de pasada que para garantizar la intimidad del escritor los periódicos no están autorizados a informar de su presencia, de la que sólo se ha sabido por un artículo de Fidel. De Fidel Castro. Para qué van a hablar otros si ya está él para decir lo que conviene en un monólogo monstruoso de más de medio siglo. El escritor cuya sombra napoleónica cubre la extensión entera de la literatura de su país se encuentra con el tirano que lleva cincuenta años avasallando el suyo, y el hecho parece aceptarse con tanta normalidad como si se tratara de una reunión de viejos amigos. Al tirano octogenario le halaga que vayan a visitarlo intelectuales, los cuales siempre contarán después con admiración lo aficionado que es a la literatura, lo despierto que permanece a todo. Los intelectuales que rinden pleitesía al tirano y le llaman por su nombre de pila suelen venir de países democráticos en los que se declaran muy críticos contra el poder, pero se ve que para que tanta rebeldía se vuelva reverencia sólo hace falta que el poder sea absoluto. Cultivan una solidaridad abnegada, casi heroica, pero sólo con los verdugos, nunca con las víctimas, y tienen el corazón de hielo para los perseguidos que no se ajustan a su ortodoxia.

Sencillamente, grandioso
A. Muñoz Molina es uno de los grandes escritores de la generación del 50. Cuando escribe sobre el siglo XX y sus miserias estalinianas, tan sorprendentes, tan inimaginables (nadie creía que Auschwitz fuera posible, hasta que ocurrió), Molina escribe las mejores páginas. Sabe que ha nacido en el meridiano del siglo XX, e intenta meter el cuchillo de su prosa en la cocina del siglo XXI. Es un gran escritor.
Pero cuando ese relato se decora con sus a veces obsesiones autoeróticas, o bucea demasiado en su particular visión clerical de la España negra, naufraga. Es un gran escritor, que ha sabido despegarse de la magia negra que practicaba la izquierda de los años 70, cuya imagen puede resumirse en aquella anécdota de Javier Marías, cuando hacía acrobacias (daba volteretas en la calle) frente a Juan Benet, Caballero Bonald et altres, para ser aceptado en el sanedrín de los dioses de la literatura,los que lo sabían todo bajo las estrellas españolas y mundiales, y habían conseguido redirigir la miseria intelectual de la decrépita dictadura franquista (sic). Uno de los grandes, pero a veces, patinas, querido Anthony. Y ¿quien no? diría alguno. De acuerdo, pero maneja tus pasiones con cuidado. Si entre muchas verdades eliges sólo una (o unas pocas diría yo) y la sigues ciegamente, ella se convertirá en falsedad, y tú en fanático Richard Kapuscinski, Lapidarium II.

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