viernes, enero 28, 2005

AUSCHWITZ, LA LLAMA OSCURA DEL SIGLO XX

Se cumplen 60 años de la liberación del campo. Jose Antonio Marina: “El hombre ha inventado la música de cámara, y la cámara de gas”. Hoy no hablaremos nosotros. Dejemos hablar a los hombres.

Theodor W. Adorno: “¿como se puede escribir poesía después de Auschwitz?” Claudio Magris en “El Danubio”: “Adolf Eichmann, el arquitecto de la solución final, se refugió en 1934 en el convento de Windberg, buscando tranquilidad. En el libro de invitados escribe “Ttreue zu Treue”. Fidelidad por fidelidad. El tecnócrata de la masacre, ama la meditación. . .”

Primo Levi en Si esto es un hombre, epílogo: “No me ha impresionado mucho visitar el Campo Central (uno de los complejos de Auschwitz). El gobierno polaco lo ha transformado en una especie de monumento nacional. Los barracones han sido limpiados y pintados. Han plantado árboles. En cambio, he sentido una angustia violenta al entrar en el Lager de Birkenau (otro complejo que formaba parte de Auschwitz). Aquí nada cambió: había barro y sigue habiendo barro. En verano hay un polvo que sofoca. Los barracones (los que no fueron incendiados con el paso del frente) están tal cual, bajos, sucios, hechos de tablones mal ensamblados y con el suelo de tierra aprisionada. Allí nada había sido embellecido. Venía conmigo una amiga, G. Tedeschi, superviviente de Birkenau. (…) Me hizo notar que por la ventanuca se ven las ruinas del crematorio; en esa época se veían las llamas en la cúspide de la chimenea. Ella había preguntado a las veteranas: ¿Qué es ese fuego?, y le habían contestado: Somos nosotras, que nos quemamos”.

Elie Wiesel en La Noche: “Tenía 12 años cuando llegué una noche, en un vagón de ganado, al campo de exterminio de Auschwitz. Entonces vi un foso del que subían llamas gigantescas. Un camión se acercó al foso y descargó su carga: ¡Eran niños!”

En otra parte del libro, Levi dice en un párrafo impresionante: “Si Elías recobra la libertad, se verá confinado al margen del consorcio humano, en una cárcel o en un manicomio. Pero, aquí en el Lager, no hay criminales ni locos. No hay criminales, porque no hay una ley moral que infligir. No hay locos, porque estamos programados y toda acción nuestra es, en cuanto a tiempo y lugar, sensiblemente la única posible”.

Varlam Shalamov relata en el ya clásico Relatos de Kolyma, ese Auswichtz estaliniano del Ártico, que un día se produjo por efecto de la erosión natural, “el deslizamiento de una fosa común de presos ladera abajo, una fosa de piedra, abarrotada de cadáveres intactos de 1938, dejando al descubierto el secreto de Kolymá. (…) Entonces, se dio orden de trasladar los cadáveres a otra fosa común, con palas mecánicas. La pala recogía los miles de cadáveres congelados y esqueléticos. Ninguna de las partes se había descompuesto: las manos crispadas, los dedos de los pies reducidos a muñones purulentos a causa de la congelación, la reseca piel surcada de arañazos ensangrentados…”

Debido a la enorme producción de cadáveres, a ambos regímenes les gustaba la incineración. En Agosto de 1944, se mataron en un solo día 24000 personas que fueron inmediatamente incineradas. Catherine Merridale lo cuenta en su revelador libro Night of Stone: Death and Memory in Russia. A Stalin le gustaba la incineración, porque debilitaba la autoridad de la Iglesia Rusa y “limpiaba” de impurezas el sistema. "La incineración era el espejo de un mundo nuevo lleno de llamas, cenizas, chimeneas, aséptico y científico”. Limpiar de chusma el mundo, el sueño de todo totalitarismo redentor.

La generación de 1968, rechazó la obra de reconstrucción de la Segunda Guerra Mundial, una reconstrucción basada en el dominio, el egoísmo y la injusticia. La solución que se les ofrecía a los jóvenes era una colmena de obreros alienados pagando las letras de su vivir a plazos, mientras fuera de la burbuja occidental el horror era la norma común. En el 68, se quiso construir el mundo, un nuevo mundo en libertad, de igualdad y justicia. La herramienta más útil en aquel momento para aclarar el bosque de la existencia, fue el gran hacha de Marx y Lenin. Luego se supo que también ardían los hombres en los bosques de la Tundra. Nuestros hijos, cuando algún día al loco de Putin lo echen del poder, podrán leer las crónicas completas, no sólo las nazis, de todas aquellas hogueras oscuras que ardieron de Norte a Sur y de Este a Oeste durante la primera mitad del Siglo XX.

Hoy creemos superado todo ese pasado, mientras barnizamos nuestras conciencias con un pragmatismo que desprecia cualquier ética cayendo en el más banal de los relativismos. Vivimos instalados en la contradicción de rechazar cualquier autoridad, norma o principio mientras respiramos aliviados cuando aparece alguna noticia que nos habla de que nuestra conducta está preconfigurada genéticamente. Negamos cualquier ley moral universal, pero nos encanta que nos digan que estamos predestinados por la biología o la ciencia. Hemos creado un paraíso moral exculpatorio, por encima del bien y del mal, en nuestra vida ordinaria y concreta. Creemos que Auschwitz fue un hecho horrible, lejano y absurdo, y no es verdad. Para extirpar el horror, tenemos que comprender que existe una proporcionalidad inversa entre la banalidad del mal (lo accesible y concreto que es el mal para cada uno de nosotros) y la libertad. La libertad tomada en serio, toma muy en serio al mal. La libertad tomada en serio, se pone las pilas con la responsabilidad individual, sin echar las culpas al que pasa por allí. Si no lucháramos por la libertad “fuerte”, los rescoldos de la llama oscura del Siglo XX no tardarían en volver a aparecer. http://www.cmartinezmockel.blogspot.com/

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