martes, junio 11, 2013

GRACIAS, RAFA


Pincho el periódico. Todo es derrota. Y lo que más duele. Tengo la sensación de que el siglo XX y el que nos ocupa no cree en el arte, en la belleza. Veo una entrevista a Álvaro Pombo, escritor de larga carrera. Y atrapa esa sensación con la maestría del músico que lleva toda una vida afinando las cuerdas de las palabras, diciendo que “la idea del amor, como la de Dios, es imposible”. ¡Ay!

Sigo leyendo, y cuentan que un artista callejero pintó en una pared de Londres a un niño esclavo cosiendo dos banderas inglesas, reflejo de este asqueroso capitalismo global que no paga impuestos y esclaviza a niños en Bangladesh. Increíblemente arrancaron el trozo de muro de la pintada, y se la llevaron a Miami donde ha salido a subasta a un precio de 500.000 dólares. No hay mejor metáfora para nuestra época: un artista callejero grita en un muro. Unos chorizos de guante blanco arrancan legalmente (no tiene dueño) la pintada y la subastan en la cuna del capitalismo. Pero gracias a eso, la denuncia escapa del muro y llega a las pantallas del mundo. El arte derrotado y prostituido por el dinero, a pesar de todo, sigue gritando.

Sigo leyendo y veo un artículo que habla de una exposición del escultor Alberto Giacometti. Sus esculturas extremadamente alargadas y tristes, encarnan el agotamiento del hombre contemporáneo dueño de una razón técnica poderosa, que le hace alargarse, elevarse más allá del cuerpo, pero que ha perdido el sentido, a la que se le ha escacharrado la brújula. El hombre contemporáneo mira para arriba con el cálculo y la técnica, se estira, pero se sabe derrotado y triste, porque no hay un último amor, no hay Dios, no logra despegarse del suelo. No hay equilibrio de la razón, no hay co-razón. Y por eso ahoga y censura una y otra vez la pregunta de Leibniz ¿por qué existe el ser y no la nada? De ahí que el arte contemporáneo no refleje casi nunca equilibrio ni proporción. Desde la música estridente a la deformación de los rostros de Francis Bacon, desde los gordos de Botero a los nidos de autopistas de seis carriles. La nuestra es una razón sin corazón. Y el corazón es el que intuye la belleza. Como decía el gran poeta indio Tagore, una razón toda lógica, técnica, es como un cuchillo sin mango: hiere a quien lo empuña.

Ya cansado, doy una última oportunidad a mi sed de algo bello y grande en este día pequeño. Y aterrizo en la sección de deportes. Y allí está el gran Rafa Nadal ante Djokovic, ante Ferrer. Y el periodista desahoga toda su rabia y comienza a describir la gesta épica de Rafa Nadal en Roland Garros. Una gesta que muestra la sed inmortal de belleza y de justicia: dos hombres enfrentados en igualdad de condiciones y reglas, sin trucos, sin dopajes. Más allá de la gloria y del dinero, luchan por la perfección, por la victoria justa que siempre es la única victoria grande. La lucha de personas de carne y hueso que llegan casi al límite de la perfección. Hombres imperecederos. El deporte, bien lo sabían los griegos, es la cuna del arte. Héroe de carne y hueso, que superó a su rodilla. Héroe que se desfondó cuando sus padres se separaron, que renació cuando sus padres se reconciliaron. Ser humano. Lleno de técnica, de trabajo duro, de cálculo y de fuerza. Lleno de pasión y de cariño; de un elevadísimo sentido de la justicia y la belleza. Gracias Rafa. Rafa es sencillamente así. Quiere superarse. Por amor a la belleza. Porque tiene corazón. Y por eso, tiene razón.

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