miércoles, febrero 20, 2013

BENEDICTO.... ¿porque?


Estaba trabajando cuando me llegó un email de un gran amigo mío que es ateo. Y como sabe de que pie cojeo, me manda un emilio urgente: “¡¡El Papa Benedicto ha renunciado!!”. Por supuesto, no me lo creí. Pero como trabajo con ordenador, comencé a abrir pestañas y a poner los buscadores a toda mecha. Quería confirmaciones. Todos los medios españoles online daban la noticia. Me metí en la CNN, y bingo, también lo daba. Fue como un mazazo. Por último, entré en la pagina web de la agencia de noticias del vaticano, y allí estaba la confirmación. Otro mazazo.

Ya por la tarde leí la breve alocución de renuncia en calma. Era algo inaudito. Yo soy alemán de corazón, y quiero mucho a este Papa y al que fuere. Y sé que este hombre es un grandísimo teólogo, grandísimo intelectual, sabio donde los haya. Es la humildad en persona. Enamorado de Jesucristo. No podía entenderlo, pero si alguien sabía lo que había hecho, era él. El Papa acababa de terminar su trilogía sobre Jesucristo, que había comenzado por la vida pública, muerte y resurrección para terminar por el principio de la vida de Jesús, porque según comentó en alguna ocasión, no sabía si Dios le daría el tiempo. Ya percibía que le faltaban las fuerzas. Yo acababa de leer esta última joya escrita con un estilo sencillo, pero que tiene muchísimas capas de profundidad. En una entrevista reciente, Peter Seewald el amigo periodista que ha pasado muchas horas de entrevista con el entonces Cardenal Ratzinger y el ahora Benedito XVI, ha dicho que mientras le entrevistaba para otro libro, lo encontró mucho más delgado y frágil, aunque no enfermo. Ha perdido la visión en su ojo izquierdo, y está perdiendo audición en un oído. Hace unos años le instalaron un marcapasos.

Pero sobre todo, el Papa ha renunciado porque no se ve con fuerzas para realizar la tarea fundamental, la Nueva Evangelización. A finales del año pasado, terminó el Sínodo para la Nueva Evangelización, verdadera piedra angular de la Iglesia del Siglo XXI. Y en Julio de 2013 hay una cita ineludible del Papa con los Jóvenes en Río de Janeiro, la Jornada Mundial de la Juventud, el verdadero fruto del Concilio Vaticano II. Pero el Papa no podía ir. Los médicos le habían prohibido hacer viajes trasatlánticos.

Benedicto XVI fue elegido en uno de los Cónclaves más rápidos de la historia, en medio de una conmoción mundial tras la muerte de Juan Pablo II. Los cardenales tenían que atravesar mareas humanas para llegar al Vaticano. Obedeciendo se vio obligado a aceptar. Su hermano George, se enfadó mucho de su elección. Tenía preparado un sitio en su casa, un retiro rodeado de libros y un piano. Pero Dios tenía otros planes. Él mismo se consideraba a sí mismo un Papa de transición, como Juan XXIII. Igual que  Juan XXIII, que anunció en 1959 a un grupo de cardenales su intención de convocar un Concilio tras una ceremonia litúrgica en San Pablo Extramuros, dejando a todos con la boca abierta, Benedicto XVI ha anunciado su renuncia de forma sorpresiva, aunque lo llevaba meditando desde hace tiempo. Ya en 2009, había dejado encima de la tumba de San Celestino, un papa santo que renunció al papado, el palio papal. Ha sido una decisión tomada en conciencia, tras rezar intensamente durante más de un año. El dilema moral le ha dejado agotado, porque es una decisión muy grave. Por un lado veía claramente que la Iglesia necesitaba una persona vigorosa, para hacer esa Nueva Evangelización, porque para lograr eso hay que gobernar con firmeza la Santa Sede, viajar, comunicar y desplegar una intensa actividad, cosa que él no podía. Por otro lado, suponía romper con una tradición continua de la Iglesia, que puede provocar la ruptura de la unidad de la Iglesia, porque si un Obispo de Roma dice una cosa y otro Obispo emérito de Roma dice otra, causaría una confusión enorme entre los fieles.

Respecto al primer dilema, parece prudente reformar la administración de la Santa Sede y de la Iglesia en general para lanzarse a esta inmensa tarea, la Nueva Evangelización. Hay que abandonar decididamente las aguas superficiales del mantenimiento institucional, como dice George Weigel. La Contrareforma ha acabado y estamos en una nueva era. Las actitudes de autosuficiencia, el apoyo en el poder político, los grandes medios a nuestra disposición, se han acabado.

En 1969, al poco de terminar el Concilio Vaticano II y unos meses después de la decisiva Revolución de Mayo del 68 y de aterrizar el primer hombre en la Luna, el joven teólogo Ratzinger que había acompañado al Cardenal Frings al Concilio como asesor en cuestiones teológicas, predicó una serie de cinco homilías que se emitieron por la radio y que más tarde se han publicado en inglés bajo el título de “Faith and Culture” (Fe y Cultura). En dichas homilías advirtió proféticamente que la Iglesia de finales del siglo XX y del siglo XXI sería una Iglesia con muchísimos menos miembros, que se vería obligada a abandonar muchos sitios de culto, cuya influencia en las decisiones políticas pasaría a ser prácticamente irrelevante. Pero al mismo tiempo advirtió que una nueva Iglesia aparecería y que sería una Iglesia “más sencilla y más espiritual”. El joven teólogo estaba convencido de que la Iglesia estaba pasando por una era similar a que se produjo en la historia humana en el momento de la Ilustración y la Revolución Francesa. Para Ratzinger el momento histórico del Concilio Vaticano II y de Mayo del 68, era un momento decisivo sin precedentes en la historia de la Iglesia y la Humanidad. El joven teólogo llegó a afirmar que “este momento histórico que vivimos es un punto de inflexión tan decisivo que el movimiento desde la sociedad Medieval a la Modernidad me parece, en comparación, insignificante”.

La tentación de la Iglesia del Post-concilio de transformarse en una ONG de trabajadores sociales, secularizada y sujeta a los vaivenes políticos y económicos y morales dictados por las élites de la tecnoestructura burgues-liberal desde los medios de comunicación de masas, ha ido desapareciendo en las décadas posteriores al Post-Concilio. La labor de aquellos que desde dentro de la Iglesia relativizaron la Fe y la moral, se ha disuelto. No ha dado fruto, es decir, no ha sido seguida por las nuevas generaciones, que han abandonado la Iglesia en masa. Ese relativismo buenista, esa moral laxa, no ha producido fecundidad ni vocaciones. La Iglesia está para salvar almas, y salvar almas significa que conozcan al Dios revelado en la Escritura, la liturgia, la oración y los sacramentos, verdadero corazón de la Iglesia. La vida contemplativa, los religiosos de clausura, siempre han sido el tesoro de la Iglesia. La adoración a Dios es lo que salvaguarda al hombre. No existe la Iglesia sin la oración, sin los sacramentos. Y de ahí nace la caridad. El servicio.

La Iglesia actual ya es más pequeña. Las bodas canónicas “reales” ya son una minoría. El número de fieles se ha reducido y se reducirá aún más, y eso llevará asociado la pérdida de privilegios sociales, pérdida de edificios, pérdida de relevancia social, de instituciones educativas que eran “supuestamente católicas”. Las estructuras de la Iglesia que fueron construidas y apoyadas por el Estado Confesional surgidas de la Contrareforma, desaparecerán. El catolicismo recreativo, ese que reserva una hora de ocio semanal los domingos, desaparecerá.  Llegó la hora del catolicismo vivido cien por cien, donde la oración y los sacramentos con como el respirar, donde con la alegría, la sinceridad, la caridad allí donde estemos, daremos testimonio en un mundo que no tiene futuro, que está deshecho. Como afirma el Cardenal Schönborn, una sociedad que apuesta por la anticoncepción, el aborto, y el matrimonio homosexual, más allá de las consideraciones morales, es una socidad que ha dicho no al futuro.

Bienvenida sea la muerte de todo este edificio de cartón piedra, de gente que es católica por tradición, por costumbre, por aburrimiento. Es hora de implicarse. La Iglesia del futuro, advertía ya entonces Ratzinger, es una Iglesia de pequeños grupos, de movimientos minoritarios pero vivos y encendidos de amor al prójimo, donde la Fe ocupa el centro de la vida. Es la Iglesia de la Nueva Evangelización, un lugar donde por cierto, hay muchos jóvenes que buscan la verdad auténtica, no grandes estructuras vacías, actitudes de suficiencia. Menos es más.

El Papa sabe, y lo acaba de decir a los seminaristas en Roma, que el verdadero Concilio ha emergido cada vez con más fuerza, y que el Concilio virtual, el Concilio interpretado bajo la hermanéutica política de las democracias burgueses-liberales, ha muerto. Ahora emerge el verdadero Concilio, y ahora es el momento histórico para reconstruir todo desde abajo.  Ahora, es el momento de reformar y renovar la Iglesia de verdad, pero para servir a la Iglesia como ella necesita ser servida, hay que actualizar los instrumentos y los medios. Y Roma no funciona bien. Los escándalos del Vatileaks, la pederastia, losLegionarios, las sucesivas meteduras de pata de comunicación, el intento fallido de reforma de las finanzas, etc, etc, lo confirman. Hace falta una mano joven, con dotes de mando. Porque los jóvenes están fuera, y la Evangelización está esperando. Sencillez evangélica.

Al renunciar, el Papa ha recordado con hechos que el Papado no es el puesto de un monarca absoluto, entre otras cosas, porque gracias a Dios, la Iglesia ya no tiene los Estados Pontificios, ya no tiene poder militar, ni económico, y casi ningún poder político. Sólo tiene voz moral. Solo puede pedir, comunicar, proponer, dar ejemplo. Es decir, servir. Por eso, con este gesto, Benedicto XVI ha reforzado el Ministerio Petrino como “servicio”. No creo que a partir de ahora los Papas renuncien a partir de una edad de forma automática. Eso será una potestad que deberá administrar cada Papa. Pero ya no será una excepción. Se pondrá, en primer lugar, la capacidad de servir a la Iglesia. Mientras Pedro no renuncia, es Pedro. Solo puede renunciar libremente el mismo Papa. Si renuncia, otro es elegido para servir a la Iglesia, que no es la Iglesia de Pedro, sino de Jesucristo.

El teólogo más respetado del siglo XX por el mundo católico, el protestante y el ortodoxo, ha dado ese paso. Es la persona más preparada, la que mejor conoce las leyes y la teología y la Palabra Revelada. Si lo ha dado, es porque Dios se lo pedía, y porque se podía hacer. Y la renuncia va más allá de Roma. Esa renuncia, abre también las puertas a la unidad con la Iglesia Oriental. Los ortodoxos necesitarán tiempo para asimilar un gesto de este calado. Pero sin duda producirá frutos de unidad. Ya no es el Papado de Roma contra los Patriarcas. Se trata de servir, de acercar a las almas a Dios con los sacramentos y la liturgia de la Iglesia, no de encerrarnos en privilegios y en tronos, y en yo-soy-mas de Pablo que de Apolo. Mientras el pulmón oriental y el pulmón occidental de la Iglesia luchaban entre sí, el escándalo de la división plantó la semilla de una sociedad donde la religión y la creencia en Dios era visto como la causa de la guerra, del odio y del mal. Así se construyó una sociedad donde Dios ya no tiene cabida, una sociedad llena de leyes y grandes principios listos para funcionar, pero que no puede acoger al hombre de carne y hueso, desde que nace hasta que muere, que no es capaz de darle esperanza y luz.

Otro gran Papa, San Gregorio Magno, se denominó a sí mismo como “Servus servorum Dei”, siervo de los siervos de Dios. La sede de Pedro es para servir a la Iglesia.  No es de extrañar que San Gregorio fuera el que dirigiera con mano firme a la Iglesia en un momento histórico en el que la Iglesia Católica había sido reducida a un rincón oscuro del sur de Europa mientras los bárbaros destruían todo lo construido por la civilización Romana. Pero con este espíritu, logró sentar las bases de una Evangelización que llegó a extender la Cristiandad siglos más tarde hasta los últimos rincones del continente Europeo.

Con este gesto de un Papa Santo, el Espíritu Santo no se dejará ganar en generosidad. Seguro que el nuevo Papa dará un empujón definitivo a la Barca de Pedro, y dirigirá con seguridad el timón mar adentro para convertir y evangelizar el mundo del siglo XXI. Ecclesiam tuam semper reformanda, Domine!


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