miércoles, diciembre 07, 2005

MUJERES

Le pasa un no-se-qué al intestino delgado de mi coche. El verano no le sienta bien, y ahí está enfermo y parado en el taller. Lo fui a recoger, pero Hugo, un mecánico suizo-español, está de los nervios auscultando las delicadas tripas del monstruo. Total, que me quedo otro día sin coche, y subo al autobús. En cuanto paso la frontera de la puerta, me arrolla un torrente de colores y lenguas hasta la cintura. El autobús va lleno de mujeres. Una negra vestida de oro, lleva el móvil abierto mientras intenta tapar las vías de agua de su corazón que habla en susurros una lengua que no entiendo pero sí siento. Una rubia eslava con la piel recién teñida al sol, con dos océanos de azul y éter condensados en sus ojos, se esconde detrás de una mujer más mayor, con manos gastadas y uñas claras como joyas rococó. Es ya una señora, una verdad, una persona, una vida. Su perfil es un acantilado que te arroja a un abismo humano donde se encuentra la verdad de la existencia, al que casi ningún hombre le gusta arrojarse, porque prefiere deslumbrarse ante el esplendor de la especie y el remolino breve de la selva caótica y juvenil. Una asiática con aros en las orejas, vestida de medio chándal lleva una preciosa niña dormida en brazos. Se sienta. La niña, con su vida breve en brazos de su madre, hace hablar todas las cosas, sacándole acordes nuevos a las calles, los objetos, las esquinas. La niña lo vuelve todo al revés. Con esos ojitos llenos de fe en la vida, sin pasado, dispuesta a cruzar la selva del lenguaje, tomando las palabras de la boca de su madre, una a una, como una fruta alegre con la que sojuzgar al mundo, porque el mundo es suyo. Con sus manitas, sólo se interesa por un sonajero entre un universo de cosas, por unos ojos entre miles de millones, los de su madre a la que siente en su duermevela. Va por el universo despertando objetos dormidos. Una noche de electricidad germinó en esta niña para siempre. Un choque engendró un encuentro hecho carne, donde el mundo se armoniza indoloramente. Sólo quería cruzar el trayecto paticorto de mi casa al trabajo, y he acabado bebiéndome media España, una Europa y muchos mundos encerrados en la gota de agua de la línea número 23. Estoy alegremente cansado. Publicado en Diario de Ibiza

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