miércoles, diciembre 07, 2005

LLUVIA

Salimos unos días de viaje. El coche ronroneaba como un gato, feliz de poder salir despedido del garaje y cabalgar la serpiente del asfalto. Todo era como de costumbre a los lados del camino. La neblina del verano se posaba sobre una cordillera blanda, que caía como un párpado sereno sobre el horizonte. El marrón parduzco de las laderas se abría paso entre sarpullidos intensísimos de pinos y naranjos enjoyados de frutas, que desordenaban el paisaje desierto con una ira que golpeaba el iris de nuestras almas de forma arrolladoramente desordenada, a borbotones. Era el sonido de la vida, sobreviviendo tozudamente a una sequía a base de arterias de acequias que habían ido desabrochando la vitalidad escondida al secano levantino durante siglos. A lo lejos se abalanzó de repente un ejército de nubes negras. Nadie creía que fuera a llover. El calor y el sol era espeso, y esa selva no se la salta ni la nube más negra. Sin embargo, el frente de nubes seguía avanzando, dibujando figuras amenazantes. En un momento dado, un relámpago cruzó el cielo como si en el fulgor de ese instante toda una vida se hubiera transmitido entre los dos muros de la cierra y el cielo. Era un aviso de lo inesperado, lo inabarcable que nos engullía de forma arrolladora. Seguimos avanzando, hasta que entramos de lleno en el panteón de una manada de orcas negras vestidas de nubes y preñadas de lluvia, que corría como una jauría de cataratas sobre nuestro parabrisas. Mi acompañante hasta ese momento había permanecido callado, como si una mano invisible posada sobre sus labios le contuviera. Pero aquello era tan fuerte que empezó a bostezar miedo por su boca. Un paraíso desértico se llenaba de agua una vez al año, y era tan de repente, que parecía que uno venía de otro mundo. Los montes de arcilla se deshacían ante nosotros. Toda la carretera se transformó en una rambla de piedras rodantes. Al poco volvió a salir el sol. El aire estaba limpio. Se podía oír el rumor del agua que corría loca por las cuestas, sin rumbo, buscando con ansiedad la salida hacia el mar. Aquí el calor desgasta rápidamente ese mal de las alturas que se llama lluvia. El agua siempre se vuelca sobre nosotros de forma extrema, como queriendo darnos la lección definitiva, pero, no lo consigue. Publicado en Diario de Ibiza

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