miércoles, diciembre 07, 2005

BRUJULA

La burbuja de nuestro yo se repliega sobre un libro barato y nuestras manos dejan de estar acalambradas por la prisa mientras sentimos el siseo de unas chicharras. La actividad se cambia. Se escucha menos radio y televisión, y más tableteo de velas encofradas en un bote que despliega sus alas blancas para planear sobre la cima del mundo que es el Mediterráneo. Los niños van tras los balones colgados en los balcones verdes de los árboles. Las bicicletas aceleran la respiración de las tardes húmedas que se atragantan con enjambres de turistas. Los pueblos con aljibes, huertos y senderos resucitan y se llenan de adolescentes sorprendidos de que existan margaritas y manantiales. La vida se retiene. Los rostros cercanos que vivían aletargados durante del año, crecen como una enredadera alrededor nuestro, mientras desgranamos una tarde con ellos junto a un limonero gastado, una tarde que se pasa tan rápido. El corazón remansa y retiene con más fuerza que nunca la vida del yo entre las cuatro paredes de un tú que nunca debimos dejar aparcado en el olvido de una prisa innecesaria. Los detalles, las menudencias que nos cuentan sobre sus vidas, necesitan tiempo, silencio, calma. Al fin, comenzamos a comprendernos cuando podemos pararnos a escuchar ese rosario de circunstancias personales, el porqué de las actitudes y las vidas. Esos porqués son los que dan altura y profundidad a nuestra genealogía, a nuestra identidad. La brújula no tenía que apuntar lejos para recargar las promesas de un sí, que nunca dejó de pronunciarse pero quedó enjaulado en una trinchera de agobios. El norte nunca debió salir de nosotros para llegar a su meta. Publicado en Diario de Ibiza

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