miércoles, junio 08, 2005

REVOLUCION DESDE EL SILLON

REVOLUCION DESDE EL SILLON

El fin de semana se anuncia agradable. Vamos a ver a un amigo mío, Juan, que vive más al sur. Su casa es un chalet amplio, rodeado por limoneros perennes. La casa emerge, vestida de blanco nupcial sobre la arcilla roja. Se la descubre, después de atravesar un camino asfaltado apretujado entre una muralla de cipreses, que no se si creen en Dios, pero hacen presentir que sí. Mientras los niños inundan el jardín con sus caóticos juegos y grititos, me siento en el portal. Las moscas se balancean en el aire, contentas, sin molestar, mientras el sol deja lentamente de respirar.

En ese momento llega Czsa, una búlgara que trabaja en casa de Juan. Tiene la cara triste. Cuida a la abuela de Juan por las noches, y cuando vuelve intenta descansar algo, pero no logra conciliar sus sueños, porque sus sueños están lejos, en Pleven, Bulgaria. Aparenta unos 60 años. Es ágil, unas manos blancas y lisas, que no paran de moverse. Ella no ha servido nunca, y sobrelleva dignamente un destino que se pelea constantemente con la certeza pasada de su biografía. Habla español entrecortado. Arranca a hablar y se para repetidamente, como uno de esos coches de tercera mano comprados por los magrebíes del pueblo.

Al día siguiente, sobre las diez, llega María, una rumana que habla bien español. Tiene cinco hijos, un regalo de la política natalista de Ceaucescu, que obligaba a engendrar muchos hijos, con controles ginecológicos obligatorios y regulares para comprobar embarazos. Sus ojos se apartan cuando la miras de frente, llenos de miedo, peleando por salir de su rostro y liberarse de la carga de una vida, una vida que no fue ni es vida, pero que ella no logra diferenciar, porque para ella, toda su existencia ha sido “eso”. Escapó de un marido que hacía espeleología buscando su alma en el fondo de una botella y se desahogaba a golpes con el rostro frágil de María. Desde entonces, siempre ha huido. Está a punto de recibir “los papeles”, esa palabra que para ella corta el aire como una hoja de afeitar. Los papeles, son para María las alas blancas de la libertad. Los papeles exorcizan su pasado. María huye, pero en el fondo huye de esa provincia de su marido que era ella. Ese hombre, que la maltrataba era su presente y sigue siendo su futuro absoluto. Ese hombre, se reproduce en sus hijos, que la persiguen y denuncian para que les dé dinero, aquello que no tienen, pero que no les falta, porque lo que les falta es el ancla de un mundo, el lugar único e imprescindible, el sitio desde el cual se puede alumbrar una vida digna, que es el respeto y el amor de quien te engendró. Mientras pienso estas cosas, se sienta a comer con nosotros, y se queja de los tomates. En su pueblo, dice, los tomates están buenísimos, no como aquí, que saben a plástico. Juan, le dice que cuando Rumanía sea miembro de la UE, los tomates sabrán igual que aquí, a delicioso plástico de invernadero recolectado por subsaharianos.

Después de comer, salgo a pasear temprano y veo a Majfoud un magrebí. Majfoud trabaja con mi amigo en el negocio, y está a punto de comenzar la jornada de tarde en el almacén que hay no muy lejos de la casa. Me mira alegre y me saluda, mientras por el rabillo del ojo se bebe mi apariencia en dos minutos y me resitúa en su sistema planetario interior, esa galaxia tan incomprensible para mí, un caucasiano blanco, que ha caído en el borde de un remolino de la historia de occidente llamado España. Las fronteras se han hecho borrosas. Ya no hay imperios, ni reyes por los que morir. Los legajos de papeles del procedimiento administrativo para legalizar inmigrantes, se superponen con otros legajos inservibles que llegan de Nigeria, Rumanía, Tombuctú o Bangla Desh. Mientras, el archivo de la vida y memoria de las vidas rotas de esos emigrantes, desciende sin paracaídas sobre nuestra isla fértil y desabitada, como un cauce enorme de sueños, pero vacío por las ausencias de todos los que no pudieron venir, de todos los que no están ni pueden venir. Ellos huyen de no sabemos donde, ni de quien, y tratan de encontrar su identidad, mientras nosotros andamos perdidos tratando de buscar la nuestra, como un viajante, un vendedor que vende y vende adoquines idénticos al por mayor para construir a toda velocidad una autopista que ya no sabemos a donde nos dirige. Sólo siento que soy parte de una sinfonía desafinada de corazones solitarios a los que hay que intentar cuidar y consolar. Todo está cambiando de golpe, y tratamos de ayudar, pero, la avalancha es demasiado fuerte. La revolución ha muerto, viva la inmigración.

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