sábado, mayo 21, 2005

WOTYLA EL MAGNO

Se encontraba esperando el fin en ese corredor de la muerte al que todos vamos antes o después, pero sacó fuerzas para decir a los jóvenes «Os he buscado. Ahora vosotros habéis venido a verme. Y os doy las gracias». Era incorregible. En el año 1982, fui a verle al estadio Santiago Bernabeu. Por poco y nos quedamos fuera. Al entrar el entusiasmo era atronador. Salió el cardenal Tarancón a hacer una breve presentación. Le silbamos. Queríamos oír a aquel tipo, que se apoyaba en el báculo coronado por un madero doblado por el peso de un Cristo en la cruz, pero que era ágil, con una sonrisa pícara llena de ironía y con una voz fuerte que destilaba autoridad. Nos dijo, citando a San Juan, que confiaba en nosotros, que éramos fuertes porque habíamos vencido al maligno. Los jóvenes le adoraban.Dicen que era un Papa mediático. Lo dudo. Pronunciaba mal, soltaba sermones y daba una caña que te mueres. En Denver, la jornada mundial de la juventud de 1993, a voz en grito repitió varias veces durante minutos «que sería de mí si no predicara el Evangelio». Aquello no era marketing. Le vi en 1995 en Nueva York. Salí con un grupo de amigos tan temprano que le robamos a la mañana las primeras luces. Llegamos a Central Park cuando el sol se lavaba la cara en los espejos de los rascacielos. Se trajo a unos músicos, y en pleno junio cantaron «noche de paz», toda una directa a la mandíbula a una ciudad donde en 2 kilómetros pasas de Tiffany´s en la Quinta Avenida a uno de los barrios con más pobreza, drogas y violencia de la Tierra. Nos quedamos de piedra, allí sentados en la hierba, cantando un villancico en pleno verano que habla de un niño en un pesebre que es la luz del mundo. Este verano iba a Colonia y ya había firmado el acta de primer peregrino. Ya no podrá ir, pero les aseguro que ir al montaje de la Jornada Mundial de la Juventud engancha, es un chute de justicia y cariño, que te sube la adrenalina del alma hasta hacer cambiar el rumbo de tu existencia. Vas allí, rodeado de un mar de gente joven que parece ingenua, pero que lleva fuego dentro y al poco tiempo llegas a creerte que la bondad, la paz y el amor son la fuerza verdadera que cambia y mantiene el mundo. Un par de colocones de esos y mandas a paseo al gran hermano moderno del insidioso Estado, que te intenta absorber y destruir en un mar de anomia y alineación con sus dos brazos pegajosos, el mercado y los mass media. Esas comunidades de jóvenes que ha creado este Papa, son el fermento de otra forma de pensar y vivir, la civilización del amor como la llamaba él, que nos permite sobreponernos a la sociedad de los mercaderes, con su cantinela de eterna primavera del Corte Inglés que te vacía la cuenta corriente y tu existencia. El abuelo, el anciano, que se reía de su parkinson, el que movía la cabeza al son de las palmas mientras babeaba, provocaba un terremoto en los corazones sedientos de los jóvenes, que entendían poco toda la parafernalia de la liturgia o la teología sutil, pero sabían que el abuelo de blanco era verdadero, no escondía la verdad de la existencia, donde hay traición, dolor, decaimiento físico, soledad. El abuelo nos quería mucho, maldita sea. Bebía los vientos por nosotros, no nos quería vender nada, no tenía nada para darnos, pero sí nos mostraba como darse. Es algo que todavía no logro comprender. Que un carpintero de Galilea fundara una oscura secta en Oriente, le entregara su doctrina a un grupo de pescadores analfabetos, cuyas enseñanzas cristalizaron en una cosa llamada Evangelios. Que ese tipo de doctrina predique el amor, la otra mejilla. Que esa cosa melifluo-amorosa y débil a los ojos de la maquinaria brutal y eficaz de Roma llegara a cambiar el mundo en sus fundamentos. Que esa doctrina se haya corrompido a veces por «realismo» y que no obstante, una y otra vez haya resurgido como el ave fénix. Y finalmente, que dos mil años más tarde se elija a un tipo que sea el sucesor de Pedro, que viste de blanco con una sotana anacrónica y encima levanta entusiasmo, justo ahora cuando la Iglesia no tiene el poder real que tenía en el pasado, era y es algo incomprensible para mí. Quizá la comprensión resida en que Dios no puede hacer que un bate de béisbol se transforme en papel cuando se utiliza como arma, o obligar al aire a no transmitir las ondas sonoras cuando son portadoras de mentiras o insultos. En un mundo así no podría existir la libertad humana. En nuestro mundo, la libertad sí existe y Dios tiene las manos atadas. Dios depende de nuestra voluntad. Wojtyla creía que la oración cambiaba el mundo, porque desata las manos de Dios cuando nuestra voluntad pide por unirse a Su Voluntad. El hombre puede superar la barrera de su egocentrismo si busca la trascendencia. No hay que buscar una «raison d´etre» sino una «raison d´amour» que supera y engloba a la razón. El anhelo de belleza y plenitud nos trasciende, sabemos que hay un norte, una perfección fuera de nosotros a la que necesitamos adorar. Pero no podemos adorar algo que hemos creado nosotros con nuestro propio pensamiento, porque así no salimos de nosotros mismos, y nuestro ser es fruto de muchos regalos que nos han hecho otros que están o ya no están. Esa cadena de favores que se vuelca misteriosamente para darnos el ser y lo que somos, no tiene su fundamento en una sopa de materia inicial de la que surgió todo, sino que es un orden amoroso que cuida de nosotros. Pero los únicos que pueden hacer recordar a los jóvenes de que ese orden amoroso existe, son las personas como este Papa, que a base de darse nos ha mostrado que es posible cambiar el mundo, acabar con la corrupción, el descenso de la calidad de la enseñanza, la degradación de las ciudades, el abandono de las Humanidades y la implosión de la vida familiar, porque precisamente en esos ámbitos clave lo único que puede resolver los problemas son los individuos que sepan darse y no simplemente dar. El discurso inicial de su pontificado «No tengáis miedo», me demolió las entrañas, y ya fue un aviso para navegantes de lo que se avecinaba. No era hombre superfluo, ni anudaba las palabras para hacer política y esquivar los golpes. Su optimismo era épico, y si no léanse la última parte de la encíclica «Evangelium Vitae». Chesterton escribe a principios del siglo pasado en su biografía de Tomás de Aquino, que al siglo XX le hacía falta un Papa que fuera filósofo y escritor. Eso fue lo que pasó, pero desbordó todas las previsiones. Ha sido uno de los papas de magisterio más extenso. Ya en 1959 escribió un libro sorprendente «Amor y responsabilidad» con una visión muy avanzada del cuerpo y la sexualidad, y quien no se lo crea que vaya directamente a la última parte donde habla de sexología. Toda esta visión la volvió a reflejar en una larga serie de audiencias a partir de 1979, que revolucionaron la antropología y reinterpretaron para siempre el valor del cuerpo. Cuando el torrente devastador de los siglos no haga más que realzar su figura inmensa, comprenderemos que era un gigante de la historia mundial. Ha habido tres papas con el apellido de «magno» en la historia de la Iglesia Católica, y no tengo ninguna duda que Wojtyla será el cuarto Papa que llevará ese adjetivo. Publicado en www.diarioinformacion.com el 06/04/2005

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1 comentarios:

Anonymous wolffo ha dicho...

Yo, no creyente, ateo, vamos, nunca le vi así.
Pero sentía por él un enorme respeto.
Y le despedí (http://www.blogs.ya.com/nomelopuedodecreer/200504.htm#47) con una sensación extraña al escribir.

11:15 p. m., mayo 25, 2005  

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